Forma Descripción generada automáticamente
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Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias
Volumen 3, Número 4, 2026, octubre-diciembre
DOI: https://doi.org/10.71112/601pz729
LA SUBJETIVACIÓN EN INFANTES AUTISTAS: UNA INTERROGACIÓN SOBRE
LAS FORMAS DE RECONOCER AL SUJETO
SUBJECTIVATION IN AUTISTIC CHILDREN: AN INQUIRY INTO THE WAYS OF
RECOGNIZING THE SUBJECT
Norma Jurado Campusano
México
DOI: https://doi.org/10.71112/601pz729
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La subjetivación en infantes autistas: una interrogación sobre las formas de
reconocer al sujeto
Subjectivation in autistic children: an inquiry into the ways of recognizing the
subject
Norma Jurado Campusano
a,*
edusaju@yahoo.com.mx
https://orcid.org/0009-0002-3780-0370
*
Autor de correspondencia: edusaju@yahoo.com.mx,
a
Centro de Actualización del Magisterio
de Chihuahua, México
RESUMEN
Este ensayo problematiza la noción de subjetivación en infantes autistas a partir de una
interrogación previa: ¿desde qué concepción de sujeto se intenta reconocer aquello que se
nombra como subjetivación? Se examina cómo las categorías diagnósticas y los referentes
históricos, médicos, psicológicos, pedagógicos y psicoanalíticos intervienen en las formas de
mirar, nombrar e interpretar las manifestaciones del infante autista. El análisis plantea una
tensión epistemológica: para conocer se requieren categorías teóricas, pero estas pueden
convertirse en medidas anticipadas de aquello que se espera encontrar. Desde esta tensión, se
propone pensar la subjetivación como un proceso que exige atender las formas singulares en
que se construyen y transforman las relaciones del infante con el lenguaje, el cuerpo, los
objetos y los otros, sin atribuir previamente un significado a sus manifestaciones ni reducirlas a
parámetros establecidos.
Palabras clave: subjetivación; autismo; sujeto; singularidad; diagnóstico.
DOI: https://doi.org/10.71112/601pz729
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ABSTRACT
This essay problematizes the notion of subjectivation in autistic children by addressing a prior
question: from what conception of the subject do we attempt to recognize what is referred to as
subjectivation? It examines how diagnostic categories and historical, medical, psychological,
pedagogical, and psychoanalytic frameworks intervene in the ways autistic children’s
manifestations are observed, named, and interpreted. The analysis raises an epistemological
tension: theoretical categories are necessary for knowledge, yet they may become
predetermined measures of what is expected to be found. From this tension, subjectivation is
approached as a process that requires attention to the singular ways in which children’s
relationships with language, the body, objects, and others are constructed and transformed,
without assigning meaning to their manifestations in advance or reducing them to previously
established parameters.
Keywords: subjectivation; autism; subject; singularity; diagnosis.
Recibido: 7 octubre 2026 | Aceptado: 19 octubre 2026 | Publicado: 20 octubre 2026
INTRODUCCIÓN
A primera vista, hablar de subjetivación en infantes autistas parecería plantear una
cuestión sencilla. La dificultad aparece en cuanto se advierte que, antes de investigar cómo
ocurre ese proceso, habría que poner en cuestión qué asumimos como sujeto. Desde la
modernidad hasta nuestros días, esta noción ha sido atravesada por concepciones epistémicas
y ontológicas diversas; no es posible, en consecuencia, dar por evidente su significado.
En los espacios que reciben a infantes autistas, en las familias, en el ámbito médico e
incluso en las conversaciones de pasillo circulan frases como “es un sujeto autista”, “hay que
reconocer al sujeto autista” o “es un niño autista”. Rara vez nos detenemos a interrogar qué
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significa hablar de un sujeto. Cuando decimos “sujeto autista”, ¿nos referimos a una persona, a
un individuo, a un niño que piensa, a alguien que habla o que no habla, a alguien capaz de
relacionarse con otros? ¿De qué hablamos, en suma, cuando hablamos de sujeto?
La pregunta no es únicamente conceptual. Palti (2012), al examinar las
transformaciones que trajo consigo el llamado giro lingüístico, ofrece elementos para
problematizar la supuesta transparencia de las categorías con las que conocemos. Las
palabras no son simples nombres colocados sobre una realidad ya constituida: participan
también de las condiciones desde las cuales esa realidad se vuelve inteligible. La interrogación
tiene que dirigirse, entonces, hacia nuestros propios presupuestos: ¿desde qué categorías
pensamos aquello que creemos conocer?
Plantear la subjetivación en los infantes autistas obliga a comenzar desde una
incomodidad. Antes de cualquier encuentro con el autismo ya está ahí lo que hemos aprendido
a nombrar como sujeto a través de la historia, de las relaciones, de la experiencia y de distintos
campos de conocimiento. Nadie llega frente a un infante desprovisto de referentes; llegamos
con formas aprendidas de mirar, interpretar y reconocer.
En el caso del autismo, esto tiene un peso particular. Antes de estar frente a un niño o
una niña autista disponemos ya de un lenguaje para nombrarlo y de ciertos saberes sobre lo
que conviene observar. El lenguaje, el cuerpo, la comunicación, las relaciones, las conductas y
las formas de estar con otros se miran desde concepciones que no surgieron de manera
natural, sino que se construyeron histórica y disciplinariamente. Desarrollo, normalidad,
alteración, déficit, comunicación, sujeto o autismo son palabras que forman parte de esos
marcos en los que lo observado adquiere sentido.
Nada de esto significa que las dificultades de un infante sean una invención del
lenguaje. El problema es otro: ¿qué parte de lo que reconocemos como diferencia corresponde
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a lo que el infante hace, y qué parte adquiere significado a partir del referente desde el cual
aprendimos a mirarlo?
Nombrar al diferente en este caso, al infante autista supone hacerlo desde un referente.
La diferencia no se produce en el vacío: reconocer algo como diferente exige una referencia
respecto de la cual establecerlo. Nociones como normalidad, desarrollo, capacidad, adaptación
o déficit llevan implícita, de algún modo, una medida con la cual comparar lo que observamos.
La problemática de la alteridad puede profundizarse a partir de Stoichita (2016), quien
examina las formas históricas mediante las cuales el arte occidental ha construido imágenes de
aquellos considerados diferentes. Su análisis permite interrogar la mirada como una práctica
atravesada por referentes culturales e históricos, antes que como una operación puramente
neutral. Esta perspectiva introduce una dificultad para nuestra investigación: cuando
reconocemos determinadas manifestaciones del infante autista como diferentes, ¿qué
concepción de lo esperado interviene en ese reconocimiento? No se trata de equiparar las
representaciones históricas estudiadas por Stoichita con las categorías contemporáneas del
autismo, sino de advertir que la diferencia no puede pensarse independientemente de los
referentes desde los cuales se establece.
De ahí la necesidad de interrogar la ontología y la epistemología que rodean a los
infantes autistas, así como la manera en que estas concepciones toman forma en la mirada, en
el lenguaje, en las relaciones y en la utilización de los objetos. Tales concepciones están
engarzadas en una construcción histórica, social, médica, psicológica, sociológica y
pedagógica, entre otras, que funciona como la fuente de la que bebemos para acercarnos a los
autistas. No son una manera natural de pensar, sino saberes que intervienen en nuestras
formas de nombrarlos y que, en cierta medida, anticipan el encuentro con las infancias.
Slee (2012) lleva más lejos esta cuestión cuando interroga la expansión de las
categorías diagnósticas, el perfeccionamiento de las técnicas empleadas para identificarlas y el
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alcance que ha adquirido el saber experto. Su planteamiento es pertinente porque muestra que
clasificar no es solo una operación descriptiva: las categorías intervienen también en las
expectativas y en las formas institucionales con que los sujetos son recibidos.
DESARROLLO
Una de las dificultades que plantea el estudio de la subjetivación en infantes autistas se
encuentra en las propias categorías desde las cuales el autismo ha sido históricamente
reconocido. Estas categorías no han permanecido invariables: se han transformado junto con
los conocimientos, los criterios diagnósticos y las formas de interpretar determinadas
manifestaciones infantiles. Interrogar esas transformaciones resulta necesario porque aquello
que una época reconoce como autismo no puede separarse completamente de los referentes
desde los cuales lo identifica.
Russell et al. (2022), al seguir durante veinte años los registros de atención primaria en
el Reino Unido, documentaron un incremento del 787 % en la incidencia de diagnósticos de
autismo entre 1998 y 2018, con los aumentos más pronunciados entre adultos y entre mujeres.
Los propios autores se inclinan a explicar ese crecimiento menos por un aumento real
de la prevalencia que por una ampliación en el reconocimiento y en la aplicación de la
categoría. El dato no autoriza a decir que el autismo sea una invención. Dice algo más
incómodo: que los límites de aquello que nombramos como autismo se han desplazado y que
ese desplazamiento tiene una historia. Si la frontera de una categoría se mueve, preguntarse
qué organiza esa categoría en nuestra mirada deja de ser una inquietud especulativa.
La cuestión de quién produce ese conocimiento pertenece al mismo problema. Milton
(2014), investigador autista, ha señalado que buena parte del saber experto sobre el autismo
se construyó sin la participación de aquellos de quienes ese saber habla, y que la ausencia
deja huellas en las descripciones disponibles. La observación no descalifica la investigación
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existente; señala una condición suya. Si las categorías con las que miramos provienen en
buena medida de quienes observan desde fuera, interrogar nuestros referentes deja de ser un
escrúpulo metodológico y pasa a formar parte del objeto. La crítica de Spivak (2010) a las
formas de representación del otro permite profundizar esta interrogación. Su trabajo pone en
cuestión la posición desde la cual determinados discursos producen conocimiento sobre
aquellos a quienes pretenden representar. Esta problemática adquiere relevancia al
preguntarnos por las condiciones desde las cuales se construye el saber sobre los infantes
autistas. ¿Hasta qué punto las categorías utilizadas para reconocer sus manifestaciones
permiten aproximarnos a sus formas singulares de relación con el mundo y en qué momento
terminan sustituyéndolas por aquello que el discurso especializado está preparado para
reconocer? No se pretende establecer una equivalencia entre la subalternidad examinada por
Spivak y el autismo, sino recuperar una dificultad epistemológica: el conocimiento del otro no
puede desligarse de la posición desde la cual se le interpreta y representa.
La categoría diagnóstica no es, por eso, una palabra falsa que encubra una supuesta
realidad verdadera del infante. El diagnóstico produce conocimiento, permite reconocer ciertas
dificultades y puede posibilitar formas de atención. Lo que interesa preguntar es otra cosa:
¿qué sucede cuando lo que sabemos por medio de una categoría empieza a organizar
anticipadamente lo que esperamos encontrar?
Observar que un infante repite incansablemente un movimiento no es lo mismo que
establecer, de inmediato, que esa repetición constituye una alteración. Tampoco es lo mismo
ver que toma un automóvil de juguete y hace girar una y otra vez una de sus ruedas que
afirmar que “no sabe jugar adecuadamente”. Esta segunda afirmación requiere una idea previa
sobre cómo debería jugar un niño, qué uso tendría que dar al objeto y qué acciones esperamos
encontrar a cierta edad. Entre “gira repetidamente la rueda” y “no juega como debería” ha
aparecido una medida.
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Nombrar algo como déficit obliga a establecer respecto de qué lo es. El déficit supone
una comparación, y toda comparación remite a una referencia. No se trata de desconocer las
dificultades que pueda experimentar un infante, sino de distinguir entre lo que observamos y la
interpretación que le otorga un significado determinado. Entre lo que el infante hace y la lectura
que hacemos de ello se interpone el saber desde el cual miramos.
Existe un modo de plantear esta dificultad que proviene de la propia investigación sobre
autismo. Milton (2012) sostiene que las dificultades de comprensión entre personas autistas y
no autistas no se localizan en una sola de las partes, sino en la falta de reciprocidad entre
disposiciones distintas; llamó a esto el problema de la doble empatía. La formulación desplaza
el lugar del problema sin negarlo: aquello que se describía como una carencia del infante
aparece también como un desencuentro que ocurre entre dos. Crompton et al. (2020)
sometieron esta hipótesis a prueba mediante cadenas de transmisión de información y
encontraron que, entre adultos autistas, los detalles se conservaban tanto como entre adultos
no autistas, mientras que la pérdida se acentuaba en las cadenas mixtas. Un hallazgo así no
disuelve las dificultades ni las convierte en un asunto exclusivamente social. Obliga, eso sí, a
preguntarnos cuánto de lo que medimos como déficit depende de quién se encuentra del otro
lado de la interacción.
Esta distinción abre un segundo problema. Lo observado comienza a agruparse bajo
categorías que permiten nombrarlo, clasificarlo y producir conocimiento sobre él. En el autismo,
el diagnóstico hace posible reconocer ciertas manifestaciones comunes entre distintos infantes;
sin embargo, lo que sabemos de una categoría no necesariamente nos da acceso a la manera
particular en que cada infante se relaciona con lo que le acontece.
Dos infantes pueden compartir un diagnóstico y presentar, incluso, manifestaciones en
apariencia semejantes: repetir una palabra, insistir en un movimiento, sostener una relación
particular con un objeto o establecer ciertas distancias respecto de los otros. Que podamos
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describirlas con palabras parecidas no autoriza a concluir que ocupan el mismo lugar para uno
y otro. El conocimiento sobre el autismo permite identificar regularidades, pero estas no dan
cuenta por completo de la singularidad del infante.
Carbonell y Ruiz (2013) sostienen que los sujetos agrupados bajo una misma categoría
diagnóstica no pueden considerarse equivalentes entre sí, y plantean la necesidad de atender
las dificultades de cada uno. Su perspectiva introduce una diferencia central: conocer el
autismo no equivale necesariamente a conocer al sujeto que tenemos enfrente. La categoría
aporta un conocimiento general, pero no puede dar cuenta, por anticipado, de la relación
particular que un infante establece con su cuerpo, con el lenguaje, con los objetos y con los
otros.
Tomar en serio la singularidad tampoco significa atribuir un significado subjetivo a cada
manifestación. Si un infante repite una palabra, mantiene un objeto próximo a su cuerpo o
reitera un movimiento, no es posible concluir de antemano qué función cumple eso para él.
Hacerlo equivaldría a colocar primero la teoría y servirse después del infante para
confirmar lo que ya esperábamos encontrar. La singularidad exige, más bien, mantener abierta
la pregunta.
Se perfila aquí la tensión que conduce al núcleo del problema. Necesitamos categorías
para conocer el autismo, pero ninguna puede decirnos por completo quién es el infante que
tenemos delante. De modo que ya no basta con afirmar que hay que “reconocer al sujeto
autista”; antes es preciso interrogar qué entendemos por sujeto y desde qué concepción
esperamos reconocerlo.
Con ello la pregunta se desplaza. Si una categoría no agota lo que sucede con cada
niño, la interrogación ya no puede quedarse en cómo nombramos la diferencia, en los efectos
del diagnóstico o en lo que este permite o no conocer del infante autista. Se dirige ahora hacia
el propio referente desde el cual pensamos la subjetivación: si contamos ya con una idea
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determinada de lo que un sujeto es, ¿corremos el riesgo de reconocer como subjetivación solo
aquello que coincide con esa idea?
La noción de sujeto no es una categoría única ni ha permanecido invariable,las distintas
maneras de pensarlo han dado lugar a relaciones diversas entre sujeto, conocimiento,
conciencia, razón y lenguaje. Braidotti (2020), desde su crítica al humanismo, permite ampliar
esta interrogación al cuestionar la pretendida universalidad de una concepción de sujeto
históricamente vinculada con determinados ideales de racionalidad, autonomía y conciencia.
Su planteamiento pone en discusión que una configuración particular de lo humano
pueda instituirse como referente general desde el cual reconocer otras formas de existencia.
Esta dificultad adquiere relevancia para nuestra problemática: si aquello que
entendemos por sujeto responde a una construcción histórica y filosófica, ¿desde qué referente
pretendemos reconocer la subjetivación en los infantes autistas? La pregunta no consiste en
establecer si estos infantes cumplen determinadas condiciones para ser reconocidos como
sujetos, sino en interrogar las condiciones desde las cuales formulamos semejante exigencia.
No se busca aquí reconstruir exhaustivamente la historia de esas concepciones, sino
detenerse en una dificultad que toca de lleno nuestra problemática: tampoco cuando buscamos
reconocer al sujeto en un infante partimos de un lugar vacío. Tenemos ya ciertas ideas sobre lo
que tendría que manifestarse para poder reconocerlo.
Le Gaufey (2009) ayuda a precisar esta dificultad al distinguir el sujeto lacaniano de
otras figuras históricas, entre ellas el ego cartesiano y el sujeto trascendental kantiano. Su
recorrido muestra que lo que llamamos sujeto no remite a una entidad idéntica, conservada
intacta a lo largo del tiempo. La distinción resulta decisiva, pues separa términos que suelen
emplearse como equivalentes: persona, individuo, yo y sujeto no nombran necesariamente lo
mismo. A esta ruptura conceptual se llega, justamente, después de haber problematizado la
categoría diagnóstica.
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La precisión tiene consecuencias para pensar el autismo. Si partimos de una
concepción según la cual el sujeto tendría que volverse reconocible por medio de ciertas
capacidades, podríamos buscarlo únicamente allí donde aparecen las formas esperadas del
lenguaje, la comunicación, la reciprocidad o la relación con los otros. Y cuando esas formas no
se presentan como esperamos, aparece el riesgo de una operación que merece ser
interrogada: pasar de reconocer una diferencia en la manera de relacionarse con el lenguaje o
con los otros a considerar esa diferencia como una insuficiencia del propio sujeto.
Al trabajar la formulación lacaniana del sujeto representado por un significante para otro
significante, Le Gaufey (2009) introduce una ruptura con la posibilidad de concebirlo como una
entidad genérica, identificable mediante un conjunto estable de propiedades, y lo plantea como
una entidad “vacía y singular” (p. 21). El valor de esta formulación para nuestra investigación no
reside en convertirla de inmediato en una explicación del autismo, sino en lo que pone en
dificultad: el sujeto no podría localizarse simplemente como una propiedad observable del
individuo.
Podemos volver ahora, desde otro lugar, a la expresión con la que se abrió este
planteamiento: “es un sujeto autista”. Reconocer al infante como persona es indispensable,
pero no resuelve por sí solo la pregunta por el sujeto. Afirmar que hay un sujeto detrás del
diagnóstico tampoco explica cómo se producen sus relaciones con el lenguaje, el cuerpo, los
objetos o los otros.
No se trata, por ello, de reemplazar el saber diagnóstico por una certeza psicoanalítica.
Si llegáramos al infante convencidos de saber ya cómo tendría que aparecer el sujeto,
habríamos cambiado de teoría, pero conservaríamos la misma operación: fijar primero lo que
esperamos encontrar y usar después las manifestaciones del niño para confirmarlo.
La pregunta “¿hay sujeto en el autismo?” resulta, en consecuencia, insuficiente para
esta investigación. Nos interesa una interrogación previa: ¿desde qué concepción de sujeto
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formulamos siquiera la pregunta por su presencia en el autismo? Este desplazamiento abre la
posibilidad de pensar la subjetivación sin establecer previamente la forma que tendría que
adoptar.
Hablar de subjetivación plantea una dificultad distinta de la que supone afirmar, sin más,
la existencia de un sujeto. La subjetivación remite a un proceso y nos obliga a preguntar cómo
aproximarnos a aquello que se construye y se transforma en la relación particular de un infante
con el lenguaje, con su cuerpo, con los objetos y con los otros. Entendida así, deja de coincidir
con una condición que pudiera comprobarse a partir de características predeterminadas.
Carbonell y Ruiz (2013) aportan un elemento importante al sostener que el diagnóstico
no permite saber anticipadamente qué sucede con cada sujeto. La atención se desplaza, con
ello, de la identificación de una característica hacia la pregunta por la respuesta singular.
Preguntar cómo responde un infante modifica nuestra posición frente a lo que
observamos: el infante deja de aparecer únicamente como portador de una condición o de una
serie de manifestaciones, y se abre la posibilidad de interrogar qué ocurre en su manera
particular de relacionarse con lo que le acontece.
Una precaución resulta indispensable. No podemos concluir que una repetición, un
silencio, cierto uso de un objeto o una forma particular de establecer distancia con los otros
tengan necesariamente un significado subjetivo, ni decidir por adelantado cuál sería. Sería, de
nuevo, poner la teoría en primer lugar y pedir luego al infante que confirme lo que ella ya había
establecido.
Ninguna manifestación debería leerse, por eso, de manera aislada. Si un infante repite
una palabra, lo que sabemos en principio es que la repite; si insiste en determinado objeto,
podemos reconocer esa insistencia; si establece una distancia particular frente a los otros,
podemos observarla. Lo que aún no sabemos es qué lugar tiene todo ello para ese infante. La
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distinción que importa se traza entre lo observable y aquello cuya función todavía necesita ser
interrogada.
La dimensión temporal adquiere aquí especial importancia. Difícilmente una
manifestación aislada puede decirnos, por sí sola, qué lugar ocupa en el proceso de
subjetivación. Hace falta seguir lo que sucede con ella: cuándo aparece, en qué condiciones,
qué permanece, qué cambia y qué nuevas relaciones pueden establecerse. Una palabra
repetida puede adquirir otros usos; un objeto puede permanecer, ser sustituido o perder el lugar
que tenía; cierta distancia respecto de los otros puede modificarse. No se trata de resolver por
anticipado si estas transformaciones son progreso o retroceso, sino de estar en condiciones de
advertir qué ocurre en la relación del infante con lo que le acontece.
El lenguaje, el cuerpo, los objetos y los otros no tendrían que funcionar, por lo mismo,
como indicadores destinados a medir un supuesto grado de subjetivación. Pueden pensarse,
más bien, como lugares de lectura. No basta con constatar si el infante habla o no habla, mira o
no mira, juega de una manera determinada o establece contacto con los otros; lo que interesa
es cómo se construyen esas relaciones y qué transformaciones pueden advertirse en ellas.
Con esto se precisa lo que empezamos a entender por subjetivación en esta
investigación: no una sucesión de adquisiciones que todos los infantes tendrían que alcanzar
del mismo modo, sino un proceso que exige atender a las formas singulares en que ciertas
relaciones se establecen y se transforman. Atender a la singularidad no equivale a convertir
cualquier conducta en una producción subjetiva; implica reconocer que el conocimiento general
sobre el autismo no permite establecer anticipadamente la función que una manifestación tiene
para un infante en particular.
Surge así una dificultad decisiva: ¿cómo investigar la subjetivación sin que nuestra
propia concepción de sujeto se convierta en la medida con la que decidiremos qué cuenta y
qué no cuenta como subjetivación?
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pregunta lleva el problema a su punto central. Investigar los procesos de subjetivación
requiere conceptos y referentes teóricos; sin ellos no podríamos delimitar lo que buscamos
comprender. Esos mismos referentes, sin embargo, pueden limitar la mirada si determinan de
antemano lo que seremos capaces de reconocer. La dificultad no está fuera de la investigación.
Forma parte de ella.
Nuestra propia posición, por lo tanto, tiene que incluirse dentro del problema. Las
disciplinas, las teorías y las experiencias desde las cuales nos acercamos al autismo
intervienen en lo que observamos y en las preguntas que podemos formular. No basta con
interrogar qué sabemos acerca del infante autista: es necesario preguntarse también qué hace
ese saber con nuestra manera de mirarlo. Esta interrogación encuentra un referente
epistemológico en Morin (2006), quien plantea la necesidad de someter el propio conocimiento
a examen, reconociendo que conocer no constituye una operación independiente de las
condiciones y los procesos mediante los cuales se organiza lo conocido. Desde esta
perspectiva, investigar la subjetivación en infantes autistas exige interrogar no solamente las
manifestaciones que pretendemos comprender, sino también las operaciones conceptuales que
intervienen en su interpretación. La dificultad consiste en que los referentes teóricos necesarios
para producir conocimiento pueden convertirse, al mismo tiempo, en límites de aquello que
somos capaces de reconocer. Por ello, la pregunta por la subjetivación compromete también la
posición epistemológica de quien investiga.
Una decisión de escritura forma parte de esta misma posición. A lo largo del texto se
habla de infantes autistas y no de niños con autismo. La elección no es indiferente. Bottema-
Beutel et al. (2021), recogiendo el reclamo de investigadores y personas autistas, analizan
cómo ciertas formas de nombrar instaladas en la literatura especializada transmiten, sin
proponérselo, la idea de que el autismo es algo que le sobra al sujeto y que convendría retirar.
La discusión terminológica sigue abierta y no se resuelve en este trabajo. Nombrar de
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un modo u otro, sin embargo, ya supone una manera de situar al infante frente a nosotros, que
es justamente lo que esta investigación se propone interrogar.
La misma precaución vale para el psicoanálisis. No tendría sentido cuestionar una
explicación médica, psicológica o pedagógica cuando pretende anticipar todo lo que ocurre con
el infante, para colocar después al psicoanálisis como un saber capaz de conocer de antemano
la verdad del sujeto. La teoría tendría que servir para interrogar lo que acontece sin decidir por
adelantado lo que habrá de encontrarse.
La exigencia no es solamente teórica. Lasa Zulueta (2022) propone una lectura del
autismo a la vez psicodinámica e integradora, y muestra que puede sostenerse una posición
clínica sin convertir una disciplina en el tribunal de las demás. De esa orientación retomamos
aquí el gesto: articular saberes en lugar de sustituir unos por otros, y dejar que cada uno
responda por aquello que efectivamente alcanza a mostrar.
Carbonell y Ruiz (2013) ofrecen una imagen especialmente sugerente al advertir que la
etiqueta diagnóstica puede funcionar como una “foto fija” del estado observable del sujeto, que
deja fuera el proceso y la incertidumbre de su evolución. La imagen recupera algo esencial
para nuestra problemática: la subjetivación no puede pensarse solo desde una fotografía del
infante tomada en un momento determinado, porque implica necesariamente transformación,
temporalidad e incertidumbre.
La Carta 52 de Freud permite sostener esta dimensión, sin que ello implique trasladar
directamente sus planteamientos al autismo. En ella, Freud (1896) plantea una memoria que no
queda constituida de una vez y para siempre, sino que se inscribe en diferentes capas y es
susceptible de sucesivas retranscripciones. Recuperar esta idea no supone afirmar que Freud
estuviera describiendo la subjetivación autista; supone introducir una concepción de lo psíquico
que no puede reducirse a una organización lineal, simple y acabada. La referencia interesa,
precisamente, por la posibilidad de reorganización y reinscripción que deja abierta.
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CONCLUSIONES
La interrogación sobre la subjetivación en infantes autistas nos ha conducido a una
dificultad que no se limita al conocimiento del autismo, sino que compromete las propias
condiciones desde las cuales pretendemos reconocer al sujeto. A lo largo de este recorrido
hemos advertido que las categorías diagnósticas, las concepciones teóricas y los referentes
desde los cuales interpretamos las manifestaciones infantiles no constituyen instrumentos
neutrales de observación. Participan en la delimitación de aquello que consideramos
reconocible y, por lo tanto, también de aquello que puede quedar fuera de nuestra
comprensión.
Esta dificultad adquiere particular importancia cuando la subjetivación se convierte en
objeto de investigación. Si establecemos previamente las características mediante las cuales
un sujeto tendría que manifestarse, corremos el riesgo de encontrar únicamente aquello que
nuestras categorías nos permiten reconocer. Pero tampoco sería suficiente atribuir un sentido
subjetivo a cualquier manifestación singular, porque con ello volveríamos a anticipar una
respuesta que precisamente corresponde investigar.
No se pretende negar las dificultades que pueden presentar los infantes autistas ni
desconocer lo que aporta el diagnóstico. Tampoco se pretende adjudicar un sentido subjetivo a
toda repetición, silencio o relación con un objeto. Lo que se busca es mantener abierta la
posibilidad de investigar qué lugar adquieren ciertas manifestaciones para cada infante y de
qué modo ese lugar puede permanecer o transformarse.
Es en este punto donde la problemática admite una formulación más precisa. El
encuentro con el autismo no solo nos lleva a preguntarnos cómo conocer al infante autista;
también puede poner en dificultad las categorías con las que hemos aprendido a reconocer al
sujeto.
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Declaración de conflicto de interés
La autora declara no tener ningún conflicto de interés relacionado con este trabajo.
Declaración de contribución a la autoría
Norma Jurado Campusano: conceptualización, investigación, análisis formal, redacción
del borrador original, revisión y edición de la redacción.
Declaración de uso de inteligencia artificial
La autora declara que utilizó inteligencia artificial como herramienta de apoyo durante el
proceso de revisión y adecuación del manuscrito. Su uso no sustituyó el proceso intelectual,
conceptual ni argumentativo de la autora. La selección de las fuentes, la construcción del
problema, el desarrollo de la argumentación y las decisiones finales sobre el contenido son
responsabilidad de la autora.
REFERENCIAS
Bottema-Beutel, K., Kapp, S. K., Lester, J. N., Sasson, N. J., y Hand, B. N. (2021). Avoiding
ableist language: Suggestions for autism researchers. Autism in Adulthood, 3(1), 18–29.
https://doi.org/10.1089/aut.2020.0014
Braidotti, R. (2020). El conocimiento posthumano (J. Ibarz, Trad.). Gedisa.
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