DOI: https://doi.org/10.71112/zwzrde59
563 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 4, 2026, octubre-diciembre
describió el mecanismo con precisión, considera que la desregulación financiera, la
precarización laboral y la privatización destruyeron los marcos institucionales que sostenían el
arte comprometido tradicional —muralismo, vanguardias, realismo socialista— y disolvieron sus
pilares fundacionales, representados por un sujeto colectivo identificable, un horizonte utópico
compartido y una institución clara que atacar.
La fase actual añade gobiernos autoritarios de lógica acumulativa extrema. La
desigualdad estructural, la devastación ecológica, la militarización cotidiana y la criminalización
de la protesta conforman su gestión avanzada. Mbembe (2003) bautizó necropolítica a la
distribución diferencial de la vida y la muerte, lo que constituye la continuación lógica de una
racionalidad fundada en la exclusión. La paradoja es histórica, pues esa radicalización genera
las condiciones de su propia contestación simbólica. El colapso de la representación política
tradicional —partidos, sindicatos, intelectuales orgánicos— fuerza la invención de nuevas
gramáticas. El arte político contemporáneo emerge porque las vías institucionales están
bloqueadas o cooptadas, y produce subjetividad política alternativa donde los canales
habituales se desmantelan (Mouffe, 2007). Las tecnologías de vigilancia, la manipulación
mediática y la desinformación fijan de esa manera el terreno donde debe operar, esto es, la
viralidad, la plataforma digital, la instalación efímera; que son, finalmente, adaptaciones
históricas antes que elecciones estéticas.
La palabra resiliencia nombra aquí prácticas situadas de supervivencia, establecidas
contra el cinismo institucional, la parálisis ante el colapso, el miedo como tecnología de
gobierno. De ahí que consolar desde fuera ya no es una opción disponible para este arte, que
interviene desde dentro del tejido neoliberal. Su tarea, es clara, consiste en materializar las
contradicciones de la época y recuperar capacidad de acción allí donde parecía cancelada,
mediante afectos contrarios, memorias silenciadas y vínculos que la precariedad proscribe. Al
historicizar el presente —1973, 1989, 2008, 2011, 2020—, esta práctica sigue la consigna de