DOI: https://doi.org/10.71112/hkcdvv92
1615 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
Poder, autoridad, disciplina y violencia
Una de las confusiones más frecuentes consiste en utilizar como sinónimos poder,
autoridad y violencia. Señala Foucault (1979) que el poder en sí no existe, pero como somos
nominalistas llamamos poder a toda relación de fuerza que se da entre dos o más personas.
Generalmente designa la capacidad de influir en las acciones propias y ajenas dentro de una
relación. La autoridad es una forma de poder reconocida como legítima por su fundamento
institucional, profesional o moral. La violencia, en cambio, implica daño, amenaza, humillación,
sometimiento o anulación de la capacidad del otro para responder. Si bien es cierto que hay
una infinidad de conceptos de violencia, verbigracia, Thomas Platt (en Blair, 2009), la definió
refiriendo a la fuerza física empleada para causar daño. Si embargo, la violencia no se limita al
uso de fuerza física. También refiere a la psicológica e incluso a lo cultural o simbólico, puesto
que en algunas consideraciones sobre la violencia parecería no estar presente la intervención
de fuerza, a lo que Bourdieu (2000) denomina violencia simbólica y la define como la
aceptación, la naturalización por parte del dominado, de los esquemas de pensamiento y
valoración de la dominante, haciendo precisamente invisible la relación de dominación.
Para efectos de este texto, interesa explicitar la necesidad de recuperar la autoridad del
docente, esta surge de una responsabilidad institucional: conducir procesos de enseñanza,
organizar actividades, evaluar aprendizajes y proteger las condiciones de convivencia. Esta
perspectiva parece contradecir la teoría centrada en la persona del estudiante de Rogers
(1996), quien se opuso a usar la noción de enseñanza por aludir a la ignorancia del estudiante.
No obstante, y a pesar de delegar en el alumno responsabilidad y libertad, el papel del maestro
como facilitador o acompañante, es innegable. En ese sentido, coincidimos con este autor en
que el papel de un maestro no debe constreñirse a dictar conocimientos, pero, a diferencia de
Rogers, asentamos que el maestro debe marcar su diferencia respecto a los alumnos.