Forma Descripción generada automáticamente
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Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias
Volumen 3, Número 3, 2026, julio-septiembre
DOI: https://doi.org/10.71112/evkemj69
VIGILAR EL CUIDADO, TEJER LA COMPLEJIDAD: POR UNA EPISTEMOLOGÍA
DE LA PRÁCTICA EN ENFERMERÍA
WATCHING OVER CARE, WEAVING COMPLEXITY: FOR AN EPISTEMOLOGY OF
NURSING PRACTICE
Iván Ariel Viera
Maite García
Miguel Ríos
Silvia Patricia Felica
Argentina
DOI: https://doi.org/10.71112/evkemj69
147 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
Vigilar el cuidado, tejer la complejidad: por una epistemología de la práctica en
enfermería
Watching over care, weaving complexity: for an epistemology of nursing practice
Iván Ariel Viera
a,*
arielviera36@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-6322-2087
Maite García
a
maichus2010@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0006-4499-6366
Miguel Ríos
a
miguelrios2009@gmail.com
https://orcid.org/0009-0007-0808-9766
Silvia Patricia Felica
a
silviafelice@gmail.com
https://orcid.org/0009-0005-9857-9325
*
Autor de correspondencia:arielviera36@gmail.com,
a
Universidad Nacional de Rosario,
Argentina
RESUMEN
El presente ensayo sostiene que la enfermería requiere una vigilancia epistemológica
constante, ya que el cuidado no es solo técnica biomédica, sino una racionalidad compleja que
integra dimensiones biológicas, subjetivas, históricas y políticas. Se articulan los aportes de
Foucault, Esther Díaz, Morin y Carper para desarrollar dos ejes: la desnaturalización de las
prácticas de cuidado mediante la crítica a sus regímenes de verdad, y la reivindicación de un
saber práctico riguroso, pero no reduccionista. Se incluyen cuadros sobre tensiones
epistemológicas en el proceso de atención y una arqueología de las epistemes del cuidado. Se
concluye que la consolidación disciplinar de la enfermería depende de su capacidad para
sostener la tensión entre evidencia científica, saber experiencial y compromiso ético-político,
sin resolverla en favor de una sola racionalidad.
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148 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
Palabras clave: Epistemología de enfermería; Práctica del cuidado; Pensamiento complejo;
Vigilancia epistemológica; Patrones de conocimiento
ABSTRACT
Lorem This essay examines nursing practice as a field of knowledge requiring permanent
epistemological vigilance. It argues that care is not merely a technical application derived from
biomedical knowledge, but rather a complex rationality integrating biological, subjective,
historical, and political dimensions. To support this thesis, the work articulates Michel Foucault's
archaeology of knowledge, Esther Díaz's expanded epistemology, Edgar Morin's complex
thought, and Barbara Carper's patterns of knowledge tradition. The analysis is structured
around two axes: the denaturalization of care practices through critique of the truth regimes that
shape them, and the vindication of practical knowledge that maintains rigor while rejecting
reductionism. Two conceptual charts are included, systematizing epistemological tensions in the
nursing care process under paradigms of simplification and complexity, as well as a
Foucauldian archaeology of care epistemes. The essay concludes that nursing's disciplinary
consolidation depends on its ability to sustain tension between scientific evidence, experiential
knowledge, and ethical-political commitment, without resolving it in favor of any single
rationality.
Keywords: Nursing epistemology; Care practice; Complex thought; Epistemological vigilance;
Patterns of knowing,
Recibido: 7 junio 2026 | Aceptado: 2 julio 2026 | Publicado: 3 julio 2026
DOI: https://doi.org/10.71112/evkemj69
149 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
INTRODUCCIÓN
La enfermería habita una paradoja constitutiva: su práctica es ubicua en los sistemas
de salud, su saber se moviliza en decisiones que afectan la vida y la muerte, y sin embargo la
pregunta por su estatuto epistémico permanece abierta. Como señala Durán de Villalobos
(2002), el marco epistemológico de la enfermería no puede darse por sentado; requiere una
explicitación que lo vuelva objeto de análisis y no presupuesto silencioso. Este ensayo parte de
esa exigencia.
Cuando una enfermera valora a un paciente, interpreta un signo clínico, decide una
intervención o acompaña un duelo, pone en acto una trama compleja de saberes
heterogéneos: conocimientos científicos, intuiciones clínicas, saberes experienciales, normas
institucionales, imperativos éticos y determinantes sociopolíticos. Lejos de ser una mera
aplicación técnica de saberes ajenos, la práctica de enfermería constituye un campo epistémico
específico que reclama ser pensado en su propia legalidad (Ariza, 2004).
El objetivo de este ensayo es contribuir a esa tarea defendiendo una tesis que recorre
todo el texto: la práctica de enfermería se consolida como disciplina cuando somete su
quehacer a una vigilancia epistemológica constante, entendiendo el saber cómo construcción
histórica, compleja y políticamente situada. Esta tesis se despliega en dos movimientos
complementarios. El primero, inspirado en la arqueología foucaultiana y en la epistemología
ampliada de Esther Díaz (2007), desnaturaliza las prácticas de cuidado mostrando que lo
evidente es el producto contingente de regímenes de verdad históricamente configurados. El
segundo, anclado en el pensamiento complejo de Edgar Morin (1990) y en los patrones de
conocimiento de Barbara Carper (1978), reivindica un saber práctico riguroso pero que rechaza
los reduccionismos que mutilan la experiencia del cuidar.
La relevancia de esta indagación radica en que la enfermería enfrenta tensiones que
no se resuelven con más técnica ni con más evidencia estandarizada. Como advierte Siles
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150 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
(2016), la utilidad práctica de la epistemología consiste en proveer herramientas para pensar lo
que se hace mientras se hace, para interrogar las condiciones bajo las cuales ciertos saberes
son legitimados y otros excluidos, y para advertir que detrás de cada protocolo hay una opción,
muchas veces no tematizada, acerca de qué cuenta como conocimiento válido.
El ensayo se estructura en cuatro secciones. La primera aborda la arqueología del
saber enfermero desde Foucault. La segunda examina la tensión entre simplificación y
complejidad tomando como analizador el Proceso de Atención de Enfermería (PAE). La tercera
desarrolla la vigilancia epistemológica a partir de Bachelard (1938) y Díaz (2007), articulándola
con los patrones de conocimiento de Carper (1978) y la epistemología de la práctica de Schön
(1998). La cuarta aborda la dimensión sociopolítica del saber enfermero. Las conclusiones
retoman la tesis central y proponen líneas para una práctica teóricamente informada y
epistemológicamente honesta. Se insertan dos cuadros: “Las tres epistemes del cuidado: una
lectura foucaultiana” y “Del principio de simplificación al principio de complejidad en el Proceso
de Atención de Enfermería”, que funcionan como dispositivos analíticos para visualizar las
tensiones que la argumentación despliega.
DESARROLLO
1. Arqueología del saber enfermero: las epistemes del cuidado
Pensar epistemológicamente la enfermería exige desnaturalizar lo que se presenta
como evidente. El gesto de cuidar, la distribución de las prácticas hospitalarias y la definición
misma de necesidad de cuidado no son datos antropológicos universales ni derivaciones
necesarias del conocimiento biológico, sino configuraciones históricas que obedecen a
regímenes de visibilidad y enunciación específicos. La caja de herramientas de Michel Foucault
resulta fértil para comprender esta afirmación.
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Foucault (1966) introdujo el concepto de episteme para designar el suelo histórico
sobre el cual se recortan los objetos de conocimiento, se definen los enunciados legítimos y se
distribuyen las posiciones de sujeto. No se trata de una conciencia ni de una ideología, sino de
un inconsciente epistémico que establece, en cada época, las condiciones de posibilidad de lo
que puede ser pensado. Aunque Foucault no se ocupó directamente de la enfermería, su
enfoque permite interrogar las condiciones bajo las cuales el cuidado devino objeto de un saber
sistemático.
Proponemos, como ejercicio arqueológico, distinguir tres epistemes en la configuración
del saber sobre el cuidado, desplazando la periodización foucaultiana hacia el campo de la
enfermería. La Tabla 1 sintetiza esta propuesta.
Tabla 1
Las tres epistemes del cuidado: una lectura foucaultiana
Episteme
Períod
o
Principio de
inteligibilida
d
Posición del
sujeto que
cuida
Saber
característic
o
Analogía y
signatura
Hasta
el siglo
XVII
Semejanza:
el
macrocosmo
s se refleja
en el
microcosmo
s
Cuidador/a
como intérprete
de signos; el
cuidado como
hermenéutica
de las
correspondenci
as
Saber
empírico-
transmisivo:
ungüentos,
dietas,
plegarias;
transmitido
por tradición
oral y
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comunidades
religiosas
Representaci
ón y
taxonomía
Siglos
XVII-
XVIII
Orden:
clasificar
para conocer
Cuidador/a
como
observador
metódico que
registra,
clasifica y
ordena
Saber
taxonómico-
procedimenta
l: manuales
de técnicas,
clasificación
de
enfermedade
s,
protocolizaci
ón incipiente
Profundidad y
finitud
Siglo
XIX en
adelant
e
Historicidad:
el cuerpo
tiene una
profundidad
que lo
constituye
Enfermero/a
como clínico
que accede a la
verdad del
cuerpo
mediante la
mirada
anatomoclínica
y la vigilancia
Saber
clínico-
disciplinar:
teorías de
enfermería,
diagnóstico
enfermero,
evidencia
científica
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153 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
Nota. Elaboración propia a partir de Foucault (1963, 1966), Ariza (2004), Durán de Villalobos
(2002) y Kérouac et al. (2007).
Esta periodización no es exhaustiva ni cronológicamente rigurosa; su función es
heurística: mostrar que el “cuidado de enfermería” no es una esencia transhistórica, sino una
práctica cuyo sentido ha mutado con las transformaciones del suelo epistémico que la hace
posible. Como señala Ariza (2004), la enfermería como ciencia no surge de una evolución lineal
del saber cuidador, sino de rupturas que reconfiguran tanto el objeto de conocimiento como la
posición del sujeto que conoce.
En la primera episteme, el cuerpo que sufre es un microcosmos que refleja el orden
del macrocosmos. Cuidar es interpretar signos, restablecer correspondencias, restaurar un
equilibrio corporal y espiritual. Quien cuida generalmente mujeres en comunidades religiosas
o en el ámbito doméstico no se define por un saber positivo, sino por virtudes como la
compasión y la abnegación. El saber que moviliza no está codificado en tratados, sino
depositado en la experiencia transmitida generacionalmente. Como advierte Foucault (1966),
“el mundo se enrolla sobre sí mismo: la tierra repite el cielo, los rostros se reflejan en las
estrellas y la hierba oculta en sus tallos los secretos que sirven al hombre” (p. 35). El cuidado
participa de esa lógica: la planta que alivia tiene la forma del órgano que sana; la plegaria que
consuela repite el orden divino que el cuerpo ha transgredido.
La episteme clásica transforma radicalmente el cuidado. Con el hospital moderno y la
medicalización, el cuerpo del paciente deviene superficie de inscripción de signos que deben
ser ordenados, clasificados y representados en una tabla nosológica. La enfermería se
constituye como oficio diferenciado y su saber adopta la forma del manual, el procedimiento
estandarizado, la técnica depurada de resonancias metafísicas. Florence Nightingale encarna
este tránsito: el cuidado se funda en la observación metódica, la higiene, la ventilación, la luz;
variables que pueden ser medidas y optimizadas (Kérouac et al., 2007). Sin embargo, el saber
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enfermero permanece subordinado al médico: la enfermera ejecuta lo prescrito; su
conocimiento es instrumental, no teórico.
La tercera episteme, la modernidad foucaultiana, introduce la profundidad. El cuerpo
ya no es superficie de signos, sino un volumen opaco que alberga la vida y la amenaza
constante de la muerte. La mirada clínica (Foucault, 1963) perfora la superficie para acceder a
una verdad que se esconde en los tejidos y los órganos. En este suelo epistémico la enfermería
puede aspirar a constituirse como disciplina con un saber propio. Como sostiene Durán de
Villalobos (2002), “la enfermería tiene un objeto de estudio propio que es el cuidado de la
experiencia de la salud humana” (p. 10). Ese objeto no es la enfermedad objeto de la
medicina sino la experiencia vivida de la salud y la enfermedad, el modo en que los sujetos
transitan, significan y gestionan sus procesos.
Esta arqueología muestra que la subordinación histórica del saber enfermero al
médico no es efecto de una esencia la enfermería como saber auxiliar, sino la contingencia
de una configuración epistémica que distribuyó de cierto modo las posiciones de sujeto y los
objetos de conocimiento. Como señala Ayala (2013), la enfermería necesita plantearse nuevas
preguntas que interroguen esa distribución heredada. La vigilancia epistemológica comienza
por desnaturalizar el propio lugar en la trama de los saberes.
2. Entre la simplificación y la complejidad: el Proceso de Atención de Enfermería como
analizador
Si la arqueología foucaultiana permite desnaturalizar las configuraciones históricas del
saber enfermero, el pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece herramientas para criticar las
formas de racionalidad que hoy lo organizan. Morin (1990) ha diagnosticado con precisión lo
que denomina el "paradigma de simplificación": un modo de conocer que opera por disyunción
separando lo que está ligado y reducción unificando lo que es diverso. Este
paradigma, que hunde sus raíces en el cartesianismo y alcanza su apogeo en el positivismo
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lógico, produce un conocimiento que mutila la complejidad de lo real en nombre de la claridad y
la distinción.
La enfermería no ha sido inmune a este paradigma. Al contrario: su proceso de
profesionalización y su lucha por el reconocimiento disciplinar la han llevado, en muchos casos,
a adoptar acríticamente los criterios de cientificidad propios del paradigma biomédico,
reproduciendo así la subordinación que pretendía superar. Como advierte Kim (2010), la
naturaleza del pensamiento teórico en enfermería no puede reducirse a la aplicación de
modelos hipotético-deductivos sin perder aquello que constituye su especificidad: la atención a
la experiencia vivida del sujeto que es cuidado.
El Proceso de Atención de Enfermería (PAE) constituye un analizador privilegiado de
esta tensión. Formalizado en la década de 1970 como una metodología sistemática para la
práctica del cuidado, el PAE organiza el quehacer enfermero en cinco etapas: valoración,
diagnóstico, planificación, ejecución y evaluación. Su adopción generalizada en los currículos y
en la práctica clínica representó un avance indudable en la sistematización del cuidado y en la
visibilización del juicio clínico enfermero. Sin embargo, el modo en que el PAE ha sido
enseñado y aplicado revela también las marcas del paradigma de simplificación.
La Tabla 2 propone una lectura comparativa de cada etapa del PAE según sea
atravesada por el principio de simplificación o por el principio de complejidad.
Tabla 2
Del principio de simplificación al principio de complejidad en el Proceso de Atención de
Enfermería
Etapa del
PAE
Bajo el principio de
simplificación
Bajo el principio de complejidad
Valoración
Recolección estandarizada de
datos objetivos y subjetivos
Encuentro dialógico donde los datos son
co-construidos. La narrativa del sujeto no
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según patrones funcionales
predefinidos. El sujeto es fuente
de información, no intérprete de
su experiencia.
es un insumo para la taxonomía, sino el
texto que organiza la valoración. Se
valora lo que el sujeto vive, no solo lo
que el profesional observa.
Diagnóstico
Etiquetado según taxonomía
NANDA-I. Operación de
subsunción: el caso singular es
subsumido bajo una categoría
general preexistente.
Formulación situada que articula el
lenguaje estandarizado con la
singularidad del caso. El diagnóstico es
una hipótesis abierta a revisión, no una
etiqueta que fija la identidad del sujeto.
Incorpora la perspectiva del propio sujeto
sobre su situación.
Planificación
Prescripción de intervenciones
NIC estandarizadas. El plan es
norma que el sujeto debe
cumplir. Lógica de la adherencia.
Construcción negociada de objetivos y
cuidados. El plan es un contrato flexible
que reconoce la agencia del sujeto y su
derecho a tomar decisiones sobre su
salud, incluso cuando estas divergen del
criterio profesional. Lógica de la alianza.
Ejecución
Aplicación técnica de
procedimientos validados por
evidencia. El cuerpo del sujeto es
superficie de intervención.
Intervención situada que integra la
evidencia con la singularidad del caso y
la relación terapéutica. El cuerpo es
vivido, no solo manipulado. La técnica es
mediación, no fin.
Evaluación
Comparación de resultados con
criterios NOC predefinidos.
Lógica del control: verificar si el
Reflexión compartida sobre el proceso
de cuidado. Los resultados son
interpretados desde la perspectiva del
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sujeto alcanzó los objetivos
fijados por el profesional.
sujeto y del profesional. La evaluación no
cierra el proceso, sino que lo relanza.
Nota. Elaboración propia a partir de Morin (1990), Kim (2010), Chinn y Kramer (2015) y
McEwen y Wills (2014).
La tabla anterior no pretende descalificar el PAE ni las taxonomías que lo acompañan.
Su valor heurístico y su contribución al desarrollo disciplinar son indiscutibles. De lo que se
trata, más bien, es de advertir que el PAE puede funcionar como un dispositivo de
simplificación cuando se lo aplica de modo mecánico, olvidando que fue concebido como una
herramienta para el juicio clínico, no como un sustituto de él. Como señalan Chinn y Kramer
(2015), el desarrollo del conocimiento en enfermería requiere una relación reflexiva con las
herramientas metodológicas, no una adhesión ritual a sus procedimientos.
La diferencia entre ambas columnas de la tabla no es meramente técnica: es
epistemológica y, en última instancia, ética. Bajo el principio de simplificación, el PAE produce
un sujeto pasivo, objetivado, reducido a la suma de sus patrones disfuncionales. Bajo el
principio de complejidad, el PAE puede devenir un espacio de encuentro donde el saber
profesional y el saber experiencial del sujeto se reconocen mutuamente en su legitimidad.
Como sostiene Morin (1990), el pensamiento complejo no aspira a la completud sabe que el
conocimiento es siempre inacabado sino a la articulación de dimensiones que el paradigma
de simplificación separa: lo biológico y lo biográfico, lo objetivo y lo subjetivo, la técnica y la
relación.
Benner y Wrubel (1982, 1989) han mostrado, desde una perspectiva fenomenológica,
que la práctica clínica experta moviliza formas de conocimiento que no pueden ser capturadas
por los procedimientos estandarizados. El conocimiento clínico hábil se caracteriza por una
conciencia perceptual afinada que permite a la enfermera experta captar patrones, detectar
anomalías sutiles y tomar decisiones en contextos de incertidumbre. Este saber no es irracional
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ni opuesto a la evidencia: es un saber de otra naturaleza, que Benner (1989) describe como
"conocimiento implicado en la práctica clínica" y que se despliega en la transición de novel a
experta.
La noción de phrónesis aristotélica, recuperada por los estudios sobre práctica
reflexiva, resulta aquí iluminadora. Aristóteles (2005), en su Ética a Nicómaco, distinguió entre
episteme (conocimiento teórico de lo universal), techne (saber técnico-productivo) y phrónesis
(sabiduría práctica o prudencia). La enfermería, en este sentido, se configura como un saber
práctico que, como señala Nunes (2017) en su análisis epistemológico, exige una articulación
entre el conocimiento teórico y la sabiduría práctica (phrónesis) para abordar la singularidad de
cada situación, donde no hay reglas universales que dicten de modo inequívoco el curso a
seguir.
Donald Schön (1998) profundizó esta línea al proponer la noción de "profesional
reflexivo". Para Schön, la práctica profesional competente no consiste en aplicar teorías
aprendidas a situaciones prácticas, como si la práctica fuera un mero campo de aplicación de
saberes producidos en otro lugar. Por el contrario, la práctica misma es fuente de conocimiento:
el profesional enfrenta situaciones de incertidumbre, singularidad y conflicto de valores que no
pueden resolverse mediante la aplicación mecánica de reglas técnicas. En esas zonas
indeterminadas de la práctica que Schön denomina "zonas pantanosas", el profesional
despliega una "reflexión en la acción" que constituye una forma de conocimiento tácito,
inteligente y creativo. La enfermería, como práctica que se enfrenta cotidianamente a la
singularidad irreductible de cada sujeto cuidado, es terreno fértil para esta epistemología de la
práctica.
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3. Vigilancia epistemológica y patrones de conocimiento
La noción de vigilancia epistemológica fue introducida por Gaston Bachelard (1938)
para designar la actitud de sospecha metódica que el científico debe ejercer sobre sus propias
categorías, evitando que el conocimiento se estanque en lo que él llamó "obstáculos
epistemológicos": prenociones, metáforas seductoras, generalizaciones apresuradas, opiniones
que se presentan con el ropaje del saber. Para Bachelard, el conocimiento no avanza por
acumulación, sino por ruptura: es necesario romper con el sentido común, con la experiencia
primera, con las evidencias que se imponen sin ser interrogadas. La ciencia, en esta
perspectiva, no es un reflejo de lo real, sino una construcción que debe ser vigilada
permanentemente para que no se degrade en ideología.
Esther Díaz (2007) ha desarrollado esta noción en el contexto de una "epistemología
ampliada" que no se limita al análisis lógico de las teorías, sino que interroga las condiciones
históricas, sociales y políticas de producción del conocimiento. La epistemología ampliada
reconoce que el conocimiento no se produce en un vacío social: está atravesado por intereses,
valores, relaciones de poder y determinaciones institucionales que es preciso explicitar. Como
señala Díaz, la vigilancia epistemológica incluye la pregunta por el sujeto que conoce, por el
lugar desde el cual conoce y por los efectos que su conocimiento produce en el mundo.
Aplicada a la enfermería, la vigilancia epistemológica exige interrogar los supuestos
que subyacen a las prácticas más rutinarias. ¿Qué concepción de sujeto está operando cuando
se valora a un paciente según una taxonomía preestablecida? ¿Qué noción de evidencia se
moviliza cuando se desestima el saber experiencial de una enfermera porque no está
respaldado por un ensayo clínico aleatorizado? ¿Qué relaciones de poder se reproducen
cuando el plan de cuidados es prescrito sin negociación con el sujeto? Estas preguntas no son
abstractas: se juegan en cada turno, en cada interacción, en cada decisión clínica. Y no son
meramente retóricas: el ensayo las responde mostrando que cada una de estas prácticas
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responde a un paradigma de simplificación que reduce al sujeto a categorías predefinidas, que
jerarquiza la evidencia positivista por sobre otras formas de conocimiento y que reproduce
relaciones de poder que niegan la agencia del sujeto cuidado.
La tradición de los patrones de conocimiento, inaugurada por Barbara Carper en 1978,
ofrece un marco fecundo para ejercer esta vigilancia. Carper identificó cuatro patrones
fundamentales: el empírico (la ciencia de enfermería), el estético (el arte de enfermería), el
personal (el conocimiento de sí y del otro en la relación) y el ético (el saber sobre lo que es
correcto o bueno hacer). Estos patrones no son compartimentos estancos, sino dimensiones
entrelazadas de un conocimiento que se despliega en la práctica.
Lo revolucionario del planteo de Carper no fue simplemente la distinción de cuatro
patrones, sino la afirmación de que el patrón empírico el único legitimado por la ciencia
positivista no agota ni puede agotar el saber enfermero. El cuidado estético, entendido como
la capacidad de percibir y responder a la singularidad de cada situación sin reducirla a una
regla general, es un conocimiento genuino, no un adorno ni una concesión al humanismo
retórico. Como señala Trejo (2013), la enfermería transita del arte a la ciencia o de la ciencia al
arte sin que sea posible trazar una frontera nítida entre ambos registros. Weaver (2021), en su
análisis conceptual del arte de la enfermería, sostiene que esta dimensión estética tiene
implicancias profundas para el desarrollo colectivo de la disciplina, pues el arte del cuidado no
es opuesto al conocimiento científico, sino su complemento necesario
Los desarrollos posteriores de los patrones de conocimiento han enriquecido el
esquema original. Munhall (1993) propuso el patrón de unknowing (desconocimiento): la actitud
de apertura que suspende los preconceptos para permitir que el otro se manifieste en su
alteridad. No se trata de un no-saber pasivo, sino de una suspensión activa del propio saber
para que el otro pueda ser escuchado sin ser inmediatamente clasificado. White (1995) revisó
críticamente los patrones y propuso incorporar el patrón sociopolítico, que permite situar el
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cuidado en el contexto de las estructuras sociales que condicionan la salud. Chinn y Kramer
(2015) integraron el patrón emancipatorio, orientado a desenmascarar las estructuras de poder
que generan sufrimiento e inequidad. Osorio (2016) ha reflexionado sobre el patrón
sociopolítico en el contexto latinoamericano, señalando que el cuidado de enfermería no puede
desentenderse de las condiciones estructurales que determinan la salud de las poblaciones.
Escobar-Castellanos y Sanhueza-Alvarado (2018) han revisado la expresión de los
patrones de Carper en el cuidado de enfermería, mostrando que los cuatro patrones originales
siguen siendo pertinentes para analizar la práctica contemporánea, siempre que se los
entienda de manera dinámica e interrelacionada. El conocimiento empírico proporciona la base
científica; el estético, la sensibilidad para percibir la singularidad; el personal, la autenticidad de
la relación; y el ético, la orientación hacia lo que es correcto en cada situación concreta.
La vigilancia epistemológica, desde esta perspectiva, no consiste en elegir uno de
estos patrones contra los otros, sino en habitarlos de modo reflexivo, reconociendo sus
tensiones y sus mutuas implicancias. Como señala Fawcett y Desanto-Madeya (2013), el
conocimiento contemporáneo de enfermería se caracteriza precisamente por esta pluralidad de
perspectivas, que no deben ser reducidas a una sola en nombre de la unidad disciplinar.
4. Saber, poder y cuidado: la dimensión sociopolítica del conocimiento enfermero
La vigilancia epistemológica no estaría completa si no incluyera una interrogación
sobre las relaciones de poder que atraviesan la producción, legitimación y circulación del saber
enfermero. Foucault (1975) enseñó que poder y saber se implican mutuamente: no hay saber
que no esté constituido por relaciones de poder, ni poder que no se ejerza a través de
dispositivos de saber. Esta tesis, aplicada al campo de la enfermería, permite visibilizar
dimensiones que las epistemologías puramente normativas suelen omitir.
Históricamente, la enfermería ha sido una profesión feminizada, y esa feminización no
es un dato anecdótico: es un vector que ha condicionado tanto la posición subordinada del
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saber enfermero en el campo de la salud como los modos en que ese saber ha sido valorado
socialmente. Como señala Cash (1997), la epistemología social feminista permite interrogar el
modo en que el género ha operado como un marcador de credibilidad epistémica: el saber de
las enfermeras ha sido sistemáticamente considerado menos riguroso, menos científico, menos
legítimo que el saber médico, y esta desvalorización no puede desvincularse de la distribución
generizada de las profesiones de salud.
La noción de standpoint epistemology (epistemología del punto de vista), desarrollada
por teóricas feministas como Sandra Harding (2004) y Donna Haraway (1991), ha sido
incorporada recientemente a la reflexión enfermera. Harding sostiene que el conocimiento está
siempre situado y que la posición marginal de ciertos grupos no es un obstáculo para el
conocimiento, sino un privilegio epistémico: quien está en los márgenes puede ver lo que quien
está en el centro no ve. Haraway, por su parte, propone la noción de "conocimiento situado"
como alternativa tanto al relativismo como a la objetividad abstracta: todo conocimiento se
produce desde un cuerpo, una historia, una posición social, y reconocerlo no invalida el
conocimiento, sino que lo hace más riguroso. Reed (2022) ha aplicado esta perspectiva al
campo de la enfermería, sosteniendo que la disciplina puede ser pensada como un standpoint
epistémico: un lugar de enunciación que, precisamente por su posición subordinada en el
campo de la salud, tiene una capacidad privilegiada para percibir dimensiones que escapan a
la mirada médica hegemónica.
Esta perspectiva converge con los planteos de Boaventura de Sousa Santos (2003),
quien ha propuesto una "ecología de saberes" como alternativa al monocultivo del
conocimiento científico moderno. Para Santos, la ciencia moderna se construyó sobre la
descalificación de otras formas de conocimiento saberes tradicionales, indígenas, populares,
experienciales que fueron reducidos a la categoría de creencias o supersticiones. La
ecología de saberes no niega el valor del conocimiento científico, pero lo sitúa en diálogo
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horizontal con otros saberes, reconociendo que ninguna forma de conocimiento puede agotar la
complejidad de lo real. Pina (2016a, 2016b) ha desarrollado esta idea en el campo de la
enfermería, sosteniendo que la disciplina debe ser pensada como una ecología de saberes
donde el conocimiento científico dialogue sin subordinarlos con los saberes experienciales
de los sujetos cuidados, los saberes tradicionales de las comunidades y los saberes tácitos de
las propias enfermeras. Ferraz et al. (2020), al analizar la enseñanza y el aprendizaje de la
práctica basada en evidencia en cursos de Enfermería y Medicina, advierten que esta no debe
devenir una práctica basada exclusivamente en la evidencia positivista, sino una práctica que
integre distintas fuentes de conocimiento, incluyendo los valores y preferencias de los sujetos.
La enfermería basada en la evidencia (EBE) ha representado un avance innegable en
la legitimación científica de la disciplina. Sin embargo, como advierten Melnyk y Fineout-
Overholt (2019), la EBE no puede reducirse a la aplicación mecánica de resultados de
investigación, sino que debe integrar la experticia clínica y las preferencias del paciente. El
riesgo, señalado también por Polit y Beck (2021), es que la jerarquía de evidencias con los
ensayos clínicos aleatorizados y las revisiones sistemáticas en la cúspide deslegitime formas
de conocimiento que no se ajustan a ese molde, pero que son esenciales para una práctica de
cuidado situada y singularizada.
Farrell (2020) ha introducido el concepto de untrol un neologismo que fusiona un
(negación) y control para caracterizar la situación epistémica contemporánea, marcada por la
proliferación de incertidumbres que no pueden ser domesticadas por los dispositivos
tradicionales de control del conocimiento. La práctica de enfermería, enfrentada cotidianamente
a situaciones de incertidumbre, ambigüedad y singularidad, constituye un terreno privilegiado
para pensar formas de conocimiento que no se agoten en la predicción y el control, sino que
asuman la incompletud y la apertura como rasgos constitutivos del saber.
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Wood (2020) ha planteado una cuestión crucial: la necesidad de "mantener a la
enfermera en la enfermera de práctica avanzada", retornando a las raíces disciplinares de los
patrones de conocimiento. El riesgo, advierte, es que la hiperespecialización y la adopción
acrítica del modelo médico conviertan a la enfermera de práctica avanzada en una réplica del
médico, perdiendo aquello que constituye la especificidad del saber enfermero: la atención a la
experiencia vivida de la salud y la enfermedad, el cuidado como relación y no solo como
intervención, la mirada que integra dimensiones que el paradigma biomédico separa. Reed
(2021) refuerza esta idea al defender la "dignidad epistémica" del conocimiento desarrollado a
través de la práctica de enfermería: un saber que no es inferior al conocimiento producido por
la investigación formal, sino que posee una naturaleza y una legitimidad propias.
Sánchez Rodríguez et al. (2017) vinculan el desarrollo del conocimiento enfermero con
la teoría crítica, señalando que el cuidado profesional no puede realizarse sin una conciencia
de las condiciones estructurales que determinan los procesos de salud-enfermedad. La
enfermería, en esta línea, no es solo una práctica clínica: es una práctica social y política. El
patrón de conocimiento sociopolítico, como señala Osorio (2016), implica reconocer que el
cuidado individual se inscribe en un entramado de determinantes sociales, políticas públicas,
relaciones de poder y condiciones institucionales que no pueden ser ignoradas sin mutilar la
comprensión de aquello que se cuida. Khastar y Khastar (2024) subrayan que el arte en la
atención clínica de enfermería se manifiesta en la integración de las dimensiones técnica,
relacional y contextual, lo que permite un cuidado situado que no se agota en la aplicación de
protocolos.
Wilson et al. (2022) han documentado los modos en que las enfermeras se involucran
en la acción política y los impactos de ese involucramiento. La participación política no es un
agregado optativo a la práctica clínica: es una dimensión constitutiva del cuidado cuando este
se entiende no como paliativo individual de condiciones sociales adversas, sino como práctica
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que contribuye a transformar las condiciones que generan sufrimiento evitable. Boykin y
Schoenhofer (2001), desde su modelo de Nursing as Caring, sostienen que el cuidado no es un
medio para alcanzar un fin la curación sino un fin en sí mismo, una forma de ser y de
relacionarse que afirma la humanidad del otro en cada interacción.
Martínez Martín y Chamorro Rebollo (2023), en su revisión de la evolución histórica del
cuidado enfermero, muestran cómo el saber disciplinar se ha construido en tensión con
determinaciones institucionales, políticas y económicas que han condicionado tanto los
currículos de formación como las prácticas profesionales. La vigilancia epistemológica, en este
contexto, incluye la interrogación sobre las condiciones materiales e institucionales que hacen
posible o imposible ciertos modos de conocer y de cuidar. Altamira-Camacho (2023, 2024)
complementa esta perspectiva al proponer una reflexión crítica sobre la adecuación de las
visiones del mundo de enfermería al método científico, desafiando los paradigmas establecidos
y abriendo caminos para la construcción de un conocimiento enfermero que no se limite a
reproducir los cánones de la ciencia positivista.
CONCLUSIONES
Este ensayo se propuso sostener que la práctica de enfermería se consolida como
disciplina cuando somete su quehacer a una vigilancia epistemológica constante, entendiendo
el saber cómo una construcción histórica, compleja y políticamente situada. A lo largo del
recorrido, esta tesis se ha desplegado en varias direcciones que conviene retomar
sintéticamente.
En primer lugar, la arqueología de las epistemes del cuidado inspirada en
Foucault ha mostrado que lo que hoy llamamos "enfermería" no es la evolución natural de
una esencia cuidadora transhistórica, sino el producto contingente de configuraciones
epistémicas que han distribuido de modos específicos los objetos, los sujetos y los enunciados
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legítimos del cuidado. Esta desnaturalización es el primer gesto de la vigilancia epistemológica:
lo que aparece como obvio debe ser interrogado en sus condiciones de posibilidad.
En segundo lugar, la confrontación entre el paradigma de simplificación y el
pensamiento complejo a través del análisis del PAE ha evidenciado que las herramientas
metodológicas de la enfermería no son epistémicamente neutras. Pueden funcionar como
dispositivos de simplificación que reducen al sujeto a una colección de patrones disfuncionales,
o como dispositivos de complejidad que abren un espacio de encuentro entre el saber
profesional y la experiencia vivida del sujeto. La diferencia no reside en la herramienta, sino en
la racionalidad que la anima. La phrónesis aristotélica y el profesional reflexivo de Schön
ofrecen modelos para pensar esa racionalidad ampliada.
En tercer lugar, la tradición de los patrones de conocimiento iniciada por Carper y
enriquecida por desarrollos posteriores ofrece un marco para reconocer la multiplicidad
irreductible del saber enfermero. El patrón empírico es necesario, pero no suficiente. El cuidado
requiere también el saber estético de la percepción afinada, el saber personal de la relación
intersubjetiva, el saber ético de la deliberación y el saber sociopolítico de la conciencia crítica.
La vigilancia epistemológica, tal como la conciben Bachelard y Díaz, consiste en habitar esta
multiplicidad sin pretender resolverla en una unidad forzada, manteniendo una actitud de
sospecha metódica sobre las propias categorías.
En cuarto lugar, la dimensión sociopolítica del conocimiento enfermero ha revelado
que el cuidado no es solo una práctica clínica, sino una práctica social atravesada por
relaciones de poder. La feminización histórica de la profesión, la subordinación del saber
enfermero al saber médico, la jerarquía de evidencias que deslegitima formas de conocimiento
no positivistas, son todas dimensiones que una epistemología de la práctica no puede ignorar.
La ecología de saberes propuesta por Santos y la epistemología del punto de vista ofrecen
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herramientas para pensar una práctica que no se limite a aplicar evidencia, sino que dialogue
con la multiplicidad de saberes que convergen en el acto de cuidar.
La práctica de enfermería, en suma, no es una mera aplicación de saberes producidos
en otro lugar. Es un campo de conocimiento con legalidad propia, que se despliega en la
tensión entre evidencia y singularidad, técnica y relación, ciencia y arte, saber y poder. Asumir
esa tensión sin resolverla apresuradamente es, quizás, la tarea más difícil y más necesaria de
la vigilancia epistemológica.
Como señala Meleis (2012, 2018), el desarrollo teórico de la enfermería es un proceso
vivo, nunca clausurado. Las teorías no son monumentos para ser contemplados, sino
herramientas para ser usadas, criticadas, transformadas. La vigilancia epistemológica no es un
tribunal que dictamina qué saberes son legítimos y cuáles no, sino una actitud: la disposición a
interrogar lo que se sabe, a escuchar lo que no se sabe, a reconocer que el otro el sujeto
cuidado, la colega, la comunidad es también fuente de un saber que interpela y enriquece el
propio.
Tejer la complejidad, como sugiere el título de este ensayo, no es acumular
información ni multiplicar las variables. Es, más bien, el esfuerzo por mantener unidas
dimensiones que el paradigma dominante separa: cuerpo y subjetividad, evidencia y
experiencia, técnica y ética, clínica y política. Ese tejido es frágil, siempre amenazado por las
fuerzas que empujan hacia la simplificación. Pero es en ese tejido donde la enfermería
encuentra su especificidad y su dignidad epistémica. Vigilar el cuidado no es controlarlo. Es no
dejar de preguntarse por lo que se hace mientras se hace, por las condiciones que hacen
posible o imposible un cuidado que sea, a la vez, científicamente riguroso, humanamente
significativo y políticamente responsable.
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168 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
Declaración de conflicto de interés
Los autores declaran no tener ningún conflicto de interés relacionado con esta
investigación.
Declaración de contribución a la autoría
Iván Ariel Viera: conceptualización, investigación, metodología, administración del
proyecto, supervisión, visualización, redacción del borrador original, revisión y edición de la
redacción, análisis formal, curación de datos y validación. Fue responsable de la formulación de
las ideas centrales del ensayo, la búsqueda y organización de las fuentes bibliográficas, el
diseño de la estructura argumental y la redacción completa del manuscrito. Asimismo, coordi
el proceso de trabajo, supervisó las tareas de los coautores, elaboró los cuadros conceptuales
y realizó la revisión crítica del contenido intelectual. Maite García: curación de datos,
investigación, validación y revisión y edición de la redacción. Colaboró en la búsqueda,
depuración y organización de las referencias bibliográficas, participó en la revisión crítica de los
argumentos desarrollados y realizó aportes en la edición final del texto para asegurar la
coherencia y precisión del contenido. Miguel Ríos: análisis formal, investigación, recursos y
validación. Contribuyó en la aplicación de técnicas analíticas para el desarrollo de los
argumentos teóricos, participó en la revisión de la literatura y proveyó fuentes documentales
complementarias. Asimismo, colaboró en la verificación de la solidez y coherencia de los
planteamientos del ensayo. Silvia Felicce: visualización, recursos, investigación y validación.
Aportó en el diseño y elaboración de las tablas y cuadros conceptuales que integran el ensayo,
facilitó materiales y fuentes de consulta, y participó en la revisión crítica del manuscrito.
Declaración de uso de inteligencia artificial
Los autores declaran que no utilizaron Inteligencia Artificial en ninguna parte de este
manuscrito.
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169 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 3, 2026, julio-septiembre
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