Forma Descripción generada automáticamente
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Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias
Volumen 3, Número 2, 2026, abril-junio
DOI: https://doi.org/10.71112/8msv6w79
DESARROLLO HUMANO EN ENTORNOS DIGITALES: REVISIÓN SISTEMÁTICA
SOBRE COMPORTAMIENTO, SALUD MENTAL Y FUNCIONES COGNITIVAS
HUMAN DEVELOPMENT IN DIGITAL LIFE: A SYSTEMATIC REVIEW OF
BEHAVIOR, MENTAL HEALTH, AND COGNITIVE FUNCTIONS
Carlos Enrique Muñoz Cofre
Ana Stefanía Andrade Fonseca
María Andrea Criollo Pullupaxi
Kevyn Steev Castillo Barrera
Gina Gabriela Aldaz Cadena
Ecuador
DOI: https://doi.org/10.71112/8msv6w79
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Desarrollo humano en entornos digitales: revisión sistemática sobre
comportamiento, salud mental y funciones cognitivas
Human development in digital life: a systematic review of behavior, mental health,
and cognitive functions
Carlos Enrique Muñoz Cofre
a,*
carlosmuozcofre1990@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0009-2713-2875
Kevyn Steev Castillo Barrera
a
kevinsc14@icloud.com
https://orcid.org/0000-0001-7032-6522
Ana Stefanía Andrade Fonseca
a
tefa.taf@gmail.com
https://orcid.org/0000-0001-8309-7212
Gina Gabriela Aldaz Cadena
a
gina.aldazcaden@outlook.com
https://orcid.org/0009-0008-6715-9696
María Andrea Criollo Pullupaxi
a
andreacriollop@gmail.com
https://orcid.org/0009-0007-4661-6168
*Autor de correspondencia: carlosmuozcofre1990@hotmail.com,
a
Hospital de las Fuerzas
Armadas N°1, Ecuador
RESUMEN
Objetivo: Analizar la evidencia científica sobre el uso de tecnologías digitales y su relación con
el comportamiento, la salud mental y las funciones cognitivas a lo largo del desarrollo.
Metodología: Se realizó una revisión sistemática cualitativa siguiendo PRISMA 2020, con
búsqueda en PubMed, Scopus, Web of Science, PsycINFO y SciELO. Resultados: la evidencia
revisada muestra que las asociaciones entre uso digital y desarrollo no dependen solo del
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tiempo de pantalla, sino también del contenido, la edad, el sueño, la compañía adulta, la
autorregulación y el contexto familiar o escolar.
Conclusiones: Las tecnologías digitales pueden vincularse tanto con riesgos como con
oportunidades. La relación es más desfavorable cuando desplazan sueño, juego, actividad
física e interacción humana, y más favorable cuando se usan con propósito, acompañamiento y
límites adecuados.
Palabras clave: tecnologías digitales; salud mental; desarrollo humano; cognición;
comportamiento.
ABSTRACT
Objective: To analyze scientific evidence on digital technology use and its relationship with
behavior, mental health, and cognitive functions across development. Methodology: A
qualitative systematic review was conducted following PRISMA 2020, with searches in PubMed,
Scopus, Web of Science, PsycINFO, and SciELO. Results: The reviewed evidence suggests
that the associations between digital technology use and development cannot be understood
through screen time alone; they depend on content, age, sleep, adult mediation, self-regulation,
and family or school context. Conclusions: Digital technologies may involve both risks and
opportunities. Their relationship with health and cognition tends to be less favorable when they
displace sleep, play, physical activity, and face-to-face interaction, and more favorable when
they are used with purpose, support, and clear limits.
Keywords: digital technologies; mental health; human development; cognition; behavior.
Recibido: 29 abril 2026 | Aceptado: 13 mayo 2026 | Publicado: 14 mayo 2026
DOI: https://doi.org/10.71112/8msv6w79
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INTRODUCCIÓN
Las tecnologías digitales dejaron de ser un recurso externo o excepcional. Hoy
atraviesan la forma en que niñas, niños, adolescentes y adultos estudian, conversan,
descansan, trabajan y se entretienen. Por eso, preguntarse por su influencia en el
comportamiento, la salud mental y la cognición no significa asumir que son buenas o malas en
sí mismas. La evidencia disponible obliga a una lectura más fina: no es igual una videollamada
con un familiar, una clase virtual acompañada, una red social usada de madrugada o un
videojuego que interrumpe el sueño. Esa diferencia de contexto es clave para interpretar los
hallazgos sin caer en alarma ni en entusiasmo ingenuo (Dienlin & Johannes, 2020; Firth et al.,
2019; Odgers & Jensen, 2020; Orben, 2020).
En los primeros años de vida, el debate se ubica cerca del lenguaje, la atención
compartida, la regulación emocional y la calidad de la relación cuidador-niño. Las pantallas
preocupan sobre todo cuando ocupan el lugar de la conversación, el juego corporal, la lectura
compartida o el descanso. Los estudios sobre infancia temprana sugieren asociaciones entre
mayor exposición a pantallas y peores indicadores de lenguaje o desarrollo, aunque también
muestran que el co-uso, la interacción social contingente y el contenido apropiado pueden
modificar sustancialmente esa relación (Hutton et al., 2020; Madigan et al., 2019; Madigan et
al., 2020; Radesky et al., 2015; Roseberry et al., 2014).
En la niñez escolar, el fenómeno cambia de matiz. Las tecnologías pueden abrir acceso
a información, apoyar tareas, estimular habilidades visoespaciales y facilitar aprendizajes, pero
también pueden introducir interrupciones constantes, sedentarismo, reducción del sueño o
conflictos familiares por límites de uso. La pregunta, entonces, no se resuelve contando
minutos de pantalla de manera aislada. Interesa saber si el uso ocurre antes de dormir, si
desplaza actividad física, si se realiza en soledad, si el contenido es adecuado para la edad y si
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existe acompañamiento adulto (Carter et al., 2016; Hale & Guan, 2015; LeBlanc et al., 2017;
Stiglic & Viner, 2019).
La adolescencia merece una atención particular. En esta etapa se intensifican la
búsqueda de pertenencia, la construcción de identidad, la comparación social y la necesidad de
reconocimiento de pares. Las redes sociales pueden ofrecer compañía, expresión y apoyo,
pero también exposición a ciberacoso, presión por la imagen, comparación ascendente y uso
nocturno persistente. Por eso, los vínculos entre redes sociales y salud mental suelen ser
pequeños o moderados en promedio, pero se vuelven más relevantes en adolescentes con
vulnerabilidad previa, dificultades familiares, problemas de sueño o experiencias de exclusión
(Fassi et al., 2024; Keles et al., 2020; Nesi, 2020; Orben & Przybylski, 2019; Viner et al., 2019).
En la adultez y la vejez, la discusión se desplaza hacia la atención, la memoria, la
productividad, la soledad y el envejecimiento cognitivo. El uso fragmentado de dispositivos
puede favorecer distracción, sobrecarga informativa y dependencia de notificaciones. Sin
embargo, algunos entornos digitales también permiten conexión social, acceso a servicios,
estimulación cognitiva y autonomía, especialmente cuando las personas mayores los utilizan
con sentido, apoyo y continuidad (Anguera et al., 2013; Lampit et al., 2014; Small et al., 2009;
Toril et al., 2014; Wilmer et al., 2017).
Este artículo parte de una idea sencilla, pero decisiva: la experiencia digital no se
entiende solo desde el “cuánto”, sino desde el “cómo”, el “para qué”, el “con quién” y el “en qué
momento del desarrollo”. A partir de ello, la revisión buscó sintetizar la evidencia científica
sobre la relación entre uso de tecnologías digitales, comportamiento, salud mental y funciones
cognitivas desde la infancia hasta la adultez mayor, identificando riesgos, oportunidades y
mecanismos que pueden orientar decisiones clínicas, familiares y educativas.
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METODOLOGÍA
Se realizó una revisión sistemática cualitativa de la literatura científica siguiendo la
declaración PRISMA 2020, con el propósito de hacer explícito el camino seguido para
identificar, depurar e incluir los estudios (Page et al., 2021). La revisión no pretendió reunir
todos los trabajos existentes sobre tecnología digital, sino seleccionar evidencia con suficiente
relevancia para responder una pregunta amplia: ¿cómo se relaciona el uso de tecnologías
digitales con el comportamiento, la salud mental y las funciones cognitivas en distintas etapas
del desarrollo?
La búsqueda bibliográfica se efectuó en PubMed, Scopus, Web of Science, PsycINFO y
SciELO. Se combinaron términos en español e inglés relacionados con tecnologías digitales,
uso de pantallas, tiempo de pantalla, redes sociales, teléfonos inteligentes, videojuegos,
infancia, adolescencia, adultez, envejecimiento, salud mental, depresión, ansiedad, sueño,
comportamiento, atención, memoria y funciones ejecutivas. La estrategia se ajustó a la sintaxis
de cada base de datos y se complementó con revisión manual de referencias relevantes. La
última búsqueda bibliográfica se realizó el 25 de abril de 2026.
Se incluyeron revisiones sistemáticas, metaanálisis, estudios longitudinales, estudios
transversales de gran muestra, ensayos experimentales y estudios neurocognitivos publicados
entre 2003 y 2026. Se aceptaron investigaciones sobre infancia, adolescencia, adultez y vejez,
siempre que analizaran indicadores conductuales, emocionales, cognitivos, de sueño o de
bienestar asociados al uso digital. Se excluyeron textos de opinión, notas editoriales sin análisis
empírico, estudios centrados solo en infraestructura tecnológica y trabajos sin información
suficiente para valorar la relación entre exposición digital y desenlaces del desarrollo.
El proceso de selección se organizó en cuatro momentos. Primero, se identificaron
1.126 registros. Después de eliminar duplicados, permanecieron 782 documentos. En la fase
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de cribado se excluyeron 619 registros por no responder al objetivo, por tratar poblaciones no
pertinentes o por abordar tecnología sin relación con salud mental, conducta o cognición.
Finalmente, 163 informes fueron evaluados a texto completo y 38 estudios cumplieron los
criterios de inclusión para la síntesis cualitativa.
La extracción de datos se realizó mediante una matriz que registró autoría, año, país o
región, diseño, etapa del desarrollo, tipo de tecnología evaluada, indicadores de
comportamiento, salud mental, sueño y cognición, hallazgos principales, limitaciones y utilidad
para la discusión. Dado que los estudios diferían en diseño, edad de los participantes, medición
del uso digital y desenlaces, se optó por una síntesis narrativa organizada por etapa del
desarrollo y por mecanismos moduladores. El protocolo de esta revisión no fue registrado en
PROSPERO ni en otra plataforma pública; esta decisión se reconoce como una limitación
metodológica y se compensa parcialmente con la descripción transparente del proceso de
búsqueda, selección y síntesis.
Al tratarse de una revisión de literatura secundaria, no se requirió aprobación por comité
de ética en investigación con seres humanos. Aun así, se mantuvieron criterios de integridad
académica mediante selección explícita de fuentes, correspondencia entre citas y referencias,
uso de DOI cuando estuvo disponible y lectura crítica de la fuerza de la evidencia antes de
formular conclusiones.
RESULTADOS
La evidencia incluida no respalda una explicación única ni lineal. En conjunto, los
estudios muestran que el uso digital se relaciona con el desarrollo de maneras distintas según
la edad, el contenido, el horario, el acompañamiento, el sueño, la vulnerabilidad previa y el
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propósito de uso. En otras palabras, dos personas pueden pasar un tiempo similar frente a una
pantalla y vivir experiencias muy diferentes: una puede aprender, comunicarse o entrenar una
habilidad; otra puede aislarse, dormir menos o exponerse a contenido que intensifica su
malestar (Dienlin & Johannes, 2020; Firth et al., 2019; Odgers & Jensen, 2020; Orben &
Przybylski, 2019; Stiglic & Viner, 2019).
Figura 1
Diagrama de flujo del proceso de selección de estudios según PRISMA 2020.
Nota. Elaboración propia con base en el proceso de identificación, cribado, elegibilidad
e inclusión de estudios reportado en la revisión.
En la infancia temprana, los resultados convergen en un punto sensible: el uso de
pantallas despierta mayor preocupación cuando sustituye interacción humana, juego activo,
lectura compartida o sueño. La televisión de fondo y el uso pasivo se han asociado con peores
indicadores de lenguaje y desarrollo, aunque no todo uso audiovisual tiene el mismo peso.
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1603 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 2, 2026, abril-junio
Cuando existe interacción contingente, acompañamiento adulto y contenido apropiado, la
relación observada puede ser distinta, como ocurre con ciertas experiencias de comunicación
social mediada por video (Christakis et al., 2004; Harverson et al., 2025; Lissak, 2018; Madigan
et al., 2019; Madigan et al., 2020; Radesky et al., 2015; Roseberry et al., 2014).
En la niñez escolar, el uso elevado de pantallas aparece asociado con menor duración
del sueño, sedentarismo, irritabilidad y dificultades de atención. Sin embargo, la revisión
también encontró beneficios potenciales cuando las tecnologías se integran en actividades
educativas, creativas o lúdicas bien estructuradas. La diferencia parece estar en la calidad del
uso: no es lo mismo explorar un recurso educativo con acompañamiento que consumir
contenido rápido durante varias horas antes de dormir (Carter et al., 2016; Hale & Guan, 2015;
LeBlanc et al., 2017; Mallawaarachchi et al., 2024).
Tabla 1.
Etapa del
desarrollo
Patrones de uso y hallazgos
principales
Interpretación clínica y educativa
Infancia temprana
(0-5 años)
La televisión de fondo, el uso pasivo y
la pantalla como sustituto de
conversación o juego se asocian con
peores indicadores de lenguaje,
atención y desarrollo temprano.
Proteger lenguaje, juego, sueño y co-
uso. Evitar pantallas de fondo y
contenidos no apropiados para la
edad.
Niñez escolar (6-12
años)
El uso prolongado se relaciona con
menor sueño, sedentarismo, irritabilidad
y dificultades atencionales; los recursos
educativos guiados pueden apoyar
aprendizajes específicos.
Establecer rutinas, límites nocturnos y
equilibrio con lectura, juego físico,
actividades familiares y descanso.
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Adolescencia (13-
18 años)
Las redes sociales se asocian con
depresión, ansiedad, ciberacoso,
comparación social y problemas de
sueño, sobre todo en adolescentes
vulnerables.
Evaluar calidad del uso, exposición a
daño, sueño, aislamiento,
comparación social y pérdida de
control.
Adultez joven
La multitarea digital y el uso constante
de teléfonos inteligentes pueden
favorecer distracción, sobrecarga y
fragmentación de la atención.
Promover autorregulación, pausas,
higiene digital laboral y manejo
consciente de notificaciones.
Adultez y vejez
Algunos videojuegos y entrenamientos
computarizados producen mejoras
específicas en atención, velocidad de
procesamiento o control cognitivo, sin
efectos universales.
Aprovechar tecnología para conexión,
estimulación y autonomía, sin
descuidar actividad física ni vínculos
presenciales.
Nota. La tabla integra los hallazgos de las revisiones y estudios incluidos, organizados
por etapa evolutiva y dimensión de análisis.
En adolescentes, las asociaciones con salud mental fueron más visibles, aunque no
siempre fuertes. Las revisiones sistemáticas reportan relaciones entre uso intenso de redes
sociales, síntomas depresivos, ansiedad, malestar emocional, ciberacoso y problemas de
sueño. Conviene leer estos hallazgos con cuidado: trabajos previos han señalado vínculos
entre nuevas formas de comunicación digital y bienestar adolescente, pero también han
advertido que el tamaño de las asociaciones suele ser pequeño y que la vulnerabilidad previa,
la comparación social, el uso nocturno y el ciberacoso ayudan a explicar por qué algunos
adolescentes se ven más afectados que otros (Best et al., 2014; Fassi et al., 2024; Keles et al.,
2020; Santos et al., 2023; Seabrook et al., 2016; Twenge et al., 2018; Viner et al., 2019).
Respecto a la cognición, los hallazgos son deliberadamente mixtos. La multitarea digital
y el uso fragmentado de teléfonos inteligentes pueden asociarse con dispersión atencional y
sensación de sobrecarga. A la vez, ciertos videojuegos de acción y programas de
entrenamiento cognitivo han mostrado mejoras específicas en atención visual, velocidad de
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procesamiento o control cognitivo. En el caso de los videojuegos y otros usos persistentes, la
literatura distingue entre usos recreativos, entrenamiento de habilidades y patrones
problemáticos vinculados con pérdida de control, interferencia funcional y procesos afectivo-
cognitivos de mantenimiento. Por eso, no debería confundirse una mejora en una tarea
concreta con una transformación general de la inteligencia o del funcionamiento cotidiano
(Anguera et al., 2013; Bediou et al., 2018; Brand et al., 2019; Green & Bavelier, 2003; Paulus et
al., 2018; Powers et al., 2013; Wilmer et al., 2017).
En adultos y personas mayores, la tecnología cumple una función ambivalente. Puede
asociarse con distracción, dependencia del dispositivo y estrés informativo, pero también
sostener vínculos, facilitar trámites, permitir aprendizaje continuo y apoyar intervenciones
cognitivas. En personas mayores, los programas computarizados de entrenamiento cognitivo
muestran beneficios modestos, sobre todo cuando tienen objetivos definidos y continuidad,
aunque estos resultados no deben interpretarse como prevención garantizada del deterioro
cognitivo (Lampit et al., 2014; Small et al., 2009; Toril et al., 2014).
Tabla 2.
Mecanismo o factor
modulador
Evidencia sintetizada
Sugerencia de intervención
Sueño
El acceso nocturno a pantallas y
dispositivos portátiles se asocia con
menor duración y calidad del sueño,
especialmente en población escolar
y adolescente.
Definir horarios sin pantallas antes de
dormir y retirar dispositivos del
dormitorio en menores de edad.
Contenido y contexto
El contenido educativo
acompañado no tiene el mismo
significado que el contenido rápido,
violento, adulto o consumido en
soledad.
Orientar a familias y docentes hacia
selección de contenido, conversación
posterior y co-uso.
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Uso problemático
El modelo I-PACE ayuda a explicar
cómo factores personales,
afectivos, cognitivos y ejecutivos
pueden sostener usos
desregulados, especialmente
cuando hay pérdida de control e
interferencia funcional (Brand et al.,
2019; Paulus et al., 2018).
Evaluar pérdida de control,
interferencia funcional, irritabilidad al
desconectarse y deterioro académico
o social.
Ciberacoso y
comparación social
Parte del vínculo entre redes
sociales y malestar adolescente se
explica por ciberacoso,
comparación, presión de imagen y
búsqueda de validación.
Desarrollar alfabetización digital
emocional, rutas de denuncia y
acompañamiento escolar.
Entrenamiento
cognitivo
Videojuegos y programas
estructurados pueden mejorar
habilidades específicas, pero los
efectos no deben generalizarse sin
evaluación.
Usar programas con objetivos
definidos, seguimiento y evaluación de
transferencia a la vida cotidiana.
Nota. Las recomendaciones no sustituyen evaluación clínica individual; orientan
acciones preventivas en familia, escuela y servicios de salud.
DISCUSIÓN
Los resultados invitan a una conclusión prudente: las tecnologías digitales no son, por sí
mismas, una amenaza inevitable ni una solución automática para el desarrollo. Funcionan más
bien como ambientes de experiencia. Pueden facilitar aprendizaje, vínculo y autonomía, pero
también pueden desplazar sueño, juego, conversación, actividad física o concentración
sostenida. Esta doble condición explica por qué los hallazgos parecen contradictorios cuando
se leen de manera superficial y por qué se vuelven más claros al considerar etapa evolutiva,
contenido, contexto y vulnerabilidad previa.
La infancia temprana exige una mirada especialmente cuidadosa. En esta etapa, el
desarrollo se construye sobre gestos, turnos de conversación, juego, movimiento, mirada
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compartida y regulación emocional acompañada. Por ello, el uso digital no debería pensarse
como sustituto de la presencia adulta. La recomendación más consistente no es prohibir de
forma absoluta, sino proteger lo esencial: sueño suficiente, interacción cara a cara, lectura,
juego físico y experiencias que permitan al niño explorar el mundo con otros.
En adolescencia, el análisis también debe evitar simplificaciones. Atribuir los problemas de
salud mental únicamente a la tecnología deja fuera factores familiares, escolares, económicos,
biológicos y culturales. Al mismo tiempo, negar el papel de redes sociales, ciberacoso,
comparación corporal o uso nocturno sería poco responsable. La evidencia sugiere que el
riesgo aparece con más fuerza cuando el uso digital se combina con aislamiento, baja
supervisión, problemas de sueño o malestar previo. Por eso, la evaluación clínica y escolar
debería preguntar no solo cuánto se usa el teléfono, sino qué ocurre allí y qué necesidades
está cubriendo.
La relación entre tecnología y cognición requiere el mismo cuidado. Algunas
experiencias digitales pueden entrenar habilidades específicas, como atención visual o rapidez
de respuesta, pero esos beneficios no se trasladan automáticamente a todas las funciones
cognitivas. A la vez, la exposición continua a notificaciones y multitarea puede fragmentar la
atención y dificultar tareas que requieren lectura profunda, memoria de trabajo o concentración
prolongada. La pregunta educativa no debería ser si usar o no tecnología, sino cómo diseñar
entornos que favorezcan atención sostenida, pensamiento crítico y pausas reales.
Una limitación persistente del campo es que buena parte de la evidencia sigue siendo
observacional. Muchas asociaciones no permiten establecer si el uso digital antecede al
malestar o si las personas con malestar previo buscan más conexión, distracción o validación
en línea. Además, el “tiempo de pantalla” continúa siendo una medida demasiado gruesa. Dos
horas de videollamada familiar, lectura digital o ciberacoso no representan la misma
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experiencia psicológica. Esta limitación metodológica debe estar presente antes de transformar
correlaciones en recomendaciones rígidas.
Desde una perspectiva clínica, familiar y educativa, la recomendación más sólida es
construir hábitos digitales saludables. Esto implica proteger el sueño, evitar dispositivos en la
habitación durante la noche, promover pausas, alternar actividades en línea y fuera de línea,
acompañar a niños pequeños, conversar con adolescentes sobre lo que viven en redes y
observar señales de pérdida de control. La prevención no se reduce a retirar dispositivos;
requiere enseñar autorregulación, criterio, cuidado emocional y formas de participación digital
más seguras.
CONCLUSIONES
La evidencia revisada permite concluir que la relación entre tecnologías digitales,
comportamiento, salud mental y funciones cognitivas varía a lo largo del desarrollo. En edades
tempranas, el mayor riesgo aparece cuando las pantallas desplazan interacción, juego,
lenguaje y sueño. En la niñez escolar, las asociaciones dependen del equilibrio entre
aprendizaje, actividad física, descanso y límites familiares. En la adolescencia, el riesgo se
relaciona con redes sociales, comparación, ciberacoso, uso nocturno y vulnerabilidad
emocional previa. En adultos y personas mayores, la tecnología puede ser fuente de
distracción, pero también de conexión, aprendizaje y apoyo cognitivo.
El principal aporte de esta revisión es ordenar una discusión que suele presentarse de
forma polarizada. No basta con hablar de tiempo de pantalla ni con dividir la tecnología entre
buena o mala. Es necesario mirar contenido, contexto, compañía, horario, finalidad,
autorregulación y etapa del desarrollo. Esta perspectiva permite pasar de discursos generales
de miedo o fascinación a decisiones más concretas para familias, escuelas, servicios de salud
y políticas públicas.
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Futuras investigaciones deberían priorizar estudios longitudinales, medición objetiva del
uso digital, muestras culturalmente diversas y alisis diferenciados por etapa del desarrollo.
También se requieren estudios latinoamericanos que consideren desigualdad de acceso,
brechas educativas, ruralidad, acompañamiento familiar y calidad de conectividad. La pregunta
de fondo no es si la vida digital debe desaparecer, sino cómo puede organizarse para cuidar
mejor el desarrollo humano.
Declaración de aprobación ética
El presente estudio corresponde a una revisión sistemática de literatura secundaria, por
lo que no requirió aprobación por comité de ética en investigación con seres humanos. No se
recolectaron datos personales ni se realizaron intervenciones con participantes.
Declaración de conflicto de interés
Los autores declaran no tener ningún conflicto de interés relacionado con esta
investigación.
Declaración de contribución a la autoría
Carlos Muñoz Cofre: conceptualización, formulación de la pregunta de investigación,
redacción del borrador original, revisión y edición de la redacción.
Andrade Fonseca: búsqueda bibliográfica, curación de datos, organización de matriz de
estudios y validación de referencias.
María Criollo Pullupaxi: análisis formal, síntesis de resultados, interpretación de
hallazgos y visualización.
Kevin Castillo Barrera: metodología, supervisión del proceso PRISMA, revisión crítica y
administración del proyecto.
Gina Aldaz Cadena: supervisión acamica, validación del contenido, revisión final y
aprobación del manuscrito.
Declaración de uso de inteligencia artificial
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1610 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 2, 2026, abril-junio
Los autores declaran que utilizaron inteligencia artificial únicamente como apoyo puntual
para organizar el manuscrito, revisar claridad lingüística y mejorar la presentación formal. La
selección de fuentes, el análisis crítico, la interpretación de resultados y la versión final fueron
revisados y aprobados por los autores.
Agradecimientos
Los autores agradecen a los docentes, tutores y profesionales que han impulsado una
reflexión crítica sobre la relación entre tecnología, desarrollo humano y salud mental. Su
acompañamiento ayudó a comprender que el desafío no consiste en rechazar la vida digital,
sino en aprender a habitarla con criterio, cuidado y responsabilidad.
REFERENCIAS
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