DOI: https://doi.org/10.71112/605kwe28
1264 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 2, 2026, abril-junio
Desde la perspectiva del consumo, Salamanca presenta un promedio de 113.16 litros
por habitante por día, equivalente a 3.43 m³ por habitante al mes, valores que podrían
considerarse moderados en términos comparativos. Sin embargo, su significado se transforma
cuando se analizan junto con la eficiencia del sistema. En 2025, el organismo operador estimó
un porcentaje aproximado de agua no contabilizada del 43%, equivalente a un volumen anual
cercano a 5,816,301 m³. Estas pérdidas, asociadas a fugas físicas, deterioro de la red, tomas
irregulares y errores de medición, constituyen uno de los rasgos más críticos del modelo hídrico
local, pues implican que una proporción considerable del agua producida no se convierte en
agua efectivamente disponible para los usuarios finales (CMAPAS, 2026).
La dimensión territorial del problema refuerza su carácter estructural. Entre octubre y
diciembre de 2025, las zonas con mayor incidencia de fugas fueron la Zona Centro, Infonavit I,
Bellavista, Arboledas, Ciudad Bajío y Barlovento, colonias que concentran infraestructura
envejecida y alta densidad habitacional (CMAPAS, 2026). Este patrón muestra que el estrés
hídrico no se manifiesta de forma homogénea en el espacio urbano, sino que se inscribe en
territorios específicos, produciendo experiencias diferenciadas del acceso al agua y
reproduciendo desigualdades preexistentes.
La calidad del agua distribuida constituye otro elemento central en la construcción social
del problema. Para 2025 se reportaron valores promedio de 588 mg/L de sólidos disueltos
totales, 1.65 mg/L de fluoruros, 67 mg/L de sulfatos, 46 mg/L de cloruros y un pH de 7.42, con
ausencia de coliformes totales y fecales (CMAPAS, 2026). Aunque estos parámetros se
encuentran dentro de los límites normativos establecidos por la legislación sanitaria vigente, su
persistencia en el tiempo y su asociación con un territorio históricamente impactado por
actividades industriales han contribuido a consolidar una percepción social de desconfianza
hacia el agua de la red, particularmente en el ámbito doméstico (Secretaría de Salud, 2021).