DOI: https://doi.org/10.71112/vx1e0p77
1482 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 2, 2026, abril-junio
Diversos modelos han sido propuestos para explicar el proceso de innovación dentro de
las organizaciones. Los modelos lineales describen la innovación como un proceso que inicia
con la investigación científica y culmina con la comercialización del producto (Nelson & Winter,
1982). Posteriormente surgieron modelos interactivos que reconocen la participación de
distintos actores, como el modelo de Marquis y el modelo de enlace en cadena de Kline, que
destacan la interacción entre investigación, desarrollo y mercado (Nelson & Winter, 1982).
Asimismo, los modelos más recientes resaltan la colaboración entre empresas, universidades y
centros de investigación para el desarrollo de innovaciones (Lundvall, 1992), mientras que el
modelo de la London Business School señala que la innovación se sustenta en procesos como
la generación de conceptos, el desarrollo de productos, la innovación de procesos y la
adquisición de tecnología.
Por otro lado, la competitividad empresarial se refiere a la capacidad de una
organización para generar ventajas sostenibles que le permitan posicionarse favorablemente
en el mercado. Porter (1990) define la competitividad como la habilidad de una empresa para
mantener ventajas que le permitan diferenciar-se dentro de su sector económico. Desde esta
perspectiva, Porter (1980) explica que la dinámica competitiva de un sector está determinada
por cinco fuerzas: el poder de negociación de clientes y proveedores, la amenaza de nuevos
competidores, la amenaza de productos sustitutos y la rivalidad entre competidores existentes.
De manera complementaria, la teoría de la competitividad sistémica señala que el desempeño
competitivo depende de la interacción entre factores institucionales, económicos y
empresariales (Esser et al., 1996). Asimismo, la competitividad empresarial se relaciona con
dimensiones de gestión organizacional como la calidad, la planeación estratégica, la
producción, la comercialización y la gestión de recursos humanos (Ibarra et al., 2017).
En el caso de las microempresas, la innovación y la competitividad adquieren especial
relevancia en economías en desarrollo como el Perú, donde estas organizaciones representan