DOI: https://doi.org/10.71112/evp0yv57
1028 Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias | Vol. 3, Núm. 1, 2026, enero-marzo
futuro docente se reduce a su correcta implementación en contextos escolares (Valdés y Turra,
2017). En este marco, el saber pedagógico se organiza en tipologías que distinguen entre
saberes disciplinares, curriculares, experienciales y contextuales, priorizando los primeros en
las carreras de pedagogía, especialmente en aquellas centradas en disciplinas como Historia y
Geografía (Arrepol, 2019).
Sin embargo, las investigaciones de los autores expuestos han demostrado que esta
lógica tecnocrática resulta insuficiente para dar cuenta de cómo los docentes en formación
aprenden a enseñar. Autores como Contreras (2002), Schön (1992) y Zeichner (2010) han
propuesto comprensiones más complejas, que reconocen el carácter situado, reflexivo y
experiencial del saber pedagógico. Desde estas perspectivas, la práctica no es un campo de
aplicación, sino un espacio de problematización e indagación, donde los futuros profesores
construyen sentidos pedagógicos a partir de la vivencia, el error, la incertidumbre y la
interacción con otros actores.
En el caso de la formación de profesores de Historia y Geografía, esta tensión se
agudiza debido a la hegemonía del saber disciplinar por encima del pedagógico (Bravo y
Santibáñez, 2013; Vásquez, 2004), lo que refuerza la escisión entre teoría y práctica,
universidad y escuela, enseñanza y subjetividad. En consecuencia, la práctica profesional
continúa desarrollándose en condiciones que dificultan su potencial formativo y reflexivo,
operando más como un espacio de evaluación y control que de construcción de saber, más que
un escenario de exploración y aprendizaje situado (Zagal, 2024). Asimismo, la investigación de
Zagal (2024) evidencia complejidades estructurales para los actores de la tríada formativa,
tales como los espacios de formación, los tiempos y los recursos necesarios para sostener
procesos de acompañamiento significativos, dialógicos y éticos. Por otra parte, y no menos
importante, el estudio citado anteriormente evidencia que los instrumentos de evaluación